La situación de los feminicidios en nuestra tierra, la República Dominicana, es una vaina que nos tiene con el alma en un hilo. En lo que va de año, la cosa se ha puesto de color de hormiga: ¡30 mujeres han sido vilmente asesinadas por sus parejas o exparejas! Esto representa un aumento feroz del 36.4 % en comparación con el año pasado, lo que no es poca cosa, mi gente. No hablamos de números fríos, sino de vidas que se van, dejando un dolor que cala hasta los huesos.
Este repunte brutal no solo subraya una crisis de seguridad ciudadana, sino que destapa una realidad cultural profunda que, al parecer, se nos ha metido hasta en los tuétanos. El machismo, esa mentalidad antigua y destructiva, sigue siendo la raíz de este mal que nos aqueja. Cada feminicidio no solo arranca una vida, sino que desgarra familias enteras, dejando a un viaje de niños huérfanos que tienen que crecer sin sus madres. ¿Hasta cuándo vamos a seguir con este tigueraje que nos consume?
Lo más ‘jarto’ del caso es que el sistema de protección parece no dar pie con bola. La Policía Nacional reveló que solo un 13 % de las víctimas había denunciado previamente a sus agresores. ¡Imagínense! El 87 % restante vivía su calvario en silencio, fuera del radar de cualquier mecanismo de ayuda. Esto es porque muchas no confían en que el sistema las protegerá, o están en una situación de dependencia económica que les hace imposible salir del círculo vicioso. La barrera de silencio es más gruesa de lo que pensamos.
Y ni hablar de cuando sí denuncian. El caso de Esmeralda Moronta es un ejemplo doloroso de que las denuncias no siempre son garantía de vida. Ella denunció a su expareja por acoso, pero el tipo la persiguió y la asesinó a tiros al salir de la fiscalía. ¡Qué barbaridad! Esto no es solo una falla; es un colapso en la respuesta estatal que tiene a nuestra gente con el grito al cielo. Los protocolos, aseguraba la ministra Faride Raful, están para ser revisados, pero hay que meterle mano de una vez.
La ministra de Interior y Policía, Faride Raful, lo dijo claro y raspao: ‘Hemos fallado’. Y cuando una autoridad admite un fallo tan grande, uno espera acciones contundentes. Ella misma reconoció que la respuesta policial y el endurecimiento de las penas no serán suficientes si no desmantelamos la raíz estructural del problema. No se trata solo de apresar al agresor, sino de prevenir que se llegue a ese punto. Es un tema de educación, de valores, de cambiar esa mentalidad retrógrada.
Para salir de este hoyo, no basta con parches; necesitamos una transformación social de verdad. Hay que educar desde los hogares, en las escuelas, en cada esquina de nuestro barrio, que la vida de una mujer es sagrada y que la violencia no es una opción. Que los hombres asuman su rol de protectores y no de agresores. Es un ‘coro’ que nos involucra a todos: gobierno, sociedad civil, familias, iglesias, cada dominicano y dominicana tiene que aportar su granito de arena para que esta vaina pare. ¡Está de lo más mal la cosa!
La revisión constante de los protocolos y la coordinación entre la Policía Nacional y el Ministerio Público son cruciales, sí, pero el verdadero cambio comienza en casa, en cómo criamos a nuestros hijos e hijas. Es hora de dejar la ‘chercha’ y ponernos serios, de construir una sociedad donde nuestras mujeres se sientan seguras y valoradas. Esta es una lucha que no podemos darnos el lujo de perder, ¡klk!
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




