Michael Sarnoski nos trae ‘La muerte de Robin Hood’, una relectura oscura de la leyenda del príncipe de los ladrones. Con un Hugh Jackman que se la come en su papel de un Robin Hood ya entrado en años y bien atormentado, la película proyecta un tono visual atmosférico. Sin embargo, la trama resulta más circular que la rotonda de la Kennedy, un verdadero disparate, según el reporte.
Ambientada en la Inglaterra de 1247, esta entrega nos muestra a un Robin Hood que ya no es el tigueraje que conocíamos, viviendo como un ermitaño con la conciencia cargada por un pasado de asesino. Tras un lío con una joven, se encuentra con Little John (ahora Edward), a quien decide ayudar a rescatar a su esposa, y ahí se arma la vaina.
La premisa, pa’ ser justos, sonaba bacana: ¿un Robin Hood envejecido, que robaba a los ricos pa’ dar a los pobres, pero que al final es un asesino de mujeres y niños? ¡Klk con eso! Un potencial para explorar el conflicto interno de un personaje legendario, perseguido por su propio mito y las víctimas que dejó. Pero, asegún el crítico, el guion se queda en el aire, sin desarrollar esa complejidad más allá de un eslogan.
El problema gordo es que la película parece caer en la trampa de un ‘progresismo’ mal entendido, buscando desmitificar al héroe occidental a toda costa. Sarnoski se empeña en mostrar a Robin como un monstruo que solo busca redención, con un discurso vacío que roza el revisionismo histórico. La trama sigue una línea donde el hombre blanco es el villano que debe ser perdonado por figuras femeninas, un disparate que le quita el alma a la historia.
A pesar de todo, Hugh Jackman se luce. El tigueraje entrega una interpretación creíble, usando su mirada y su físico ya deteriorado para mostrar a un hombre hecho polvo. Pero ni con todo ese esfuerzo puede salvar a un personaje que no evoluciona. El resto del elenco, con nombres como Bill Skarsgård y Jodie Comer, se ven atrapados en un guion que no les da na’ con qué trabajar.
En cuanto a la dirección, Sarnoski le metió mano con el vestuario y los decorados rurales, que se ven chulos. La fotografía de Patrick Scola es una maravilla, capturando escenas entre luces y sombras con una atmósfera fría. Sin embargo, estos elementos se sienten más como adornos cosméticos al servicio de una pretenciosidad que, asegún el reporte, a veces sale del catálogo de A24. ¡Pura fachada, klk!
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