‘Leo Leo’: ¡Una ‘vaina’ que rompe muros y une pueblos en el patio!

La colaboración ‘Leo Leo’ entre el dominicano Bulin 47 y el artista haitiano Afriken ha encendido las redes y los comentarios por todo el patio. Según la noticia, esta vaina ha generado una fuerte reacción en algunos sectores ultranacionalistas de la República Dominicana, que entienden que ‘no era el momento oportuno’ para semejante ‘coro’ musical. Pero la verdad es que la música tiene su propia agenda, y cuando dos pueblos quieren conectar, no hay quien los pare.

Dejando a un lado las tensiones, la recepción a Afriken, desde que pisó la frontera hasta Santo Domingo, fue una chercha. Niños, adultos y hasta militares dominicanos se dejaron llevar por el ritmo, cantando a viva voz ‘Leo, Leo, Leo’. Esto demuestra que, más allá de los discursos políticos, entre la gente común existe una conexión bacana, de simpatía y curiosidad mutua que desmiente el pleito que algunos quieren mantener a toda costa.

Es de tigueraje puro que Bulin 47 decidiera seguir adelante y lanzar el remix, a pesar de las críticas y presiones, incluso de influencers potentes que lo acusaron de ‘traición a la patria’. Su decisión es un espaldarazo a la cultura dominicana, que siempre ha demostrado ser fuerte y capaz de integrar sin miedo. Porque, señores, este ‘junte’ no es un caso aislado; la historia de nuestros países está llena de intercambios musicales que han enriquecido a ambos lados de la isla.

En los setenta, por ejemplo, surgió en San Carlos la agrupación Los Diplomáticos de Haití, compuesta por músicos de ambos lados y que pegó un viaje de éxitos con su ‘merengue konpa’. Y qué decir del mismísimo Caballo Mayor, el reconocido artista Johnny Ventura, quien en 1975 le metió a su repertorio ‘Bobiné’, una pieza con claras raíces en el konpa haitiano, demostrando que la música dominicana no solo es sólida, sino que también sabe acoger lo bueno de otros lares sin perder su esencia.

La década de los ochenta fue otra evidencia de esta hermandad rítmica. Wilfrido Vargas nos puso a bailar con ‘El Jardinero’, una joya inspirada en ritmos haitianos. Michel Batista, conocido como Michel ‘el Buenón’, con ascendencia haitiana, brilló en la reconocida agrupación Tabou Combo y el Combo Show de Johnny Ventura antes de hacer su propia carrera. Y Félix Cumbé, artista nacido en Haití y naturalizado dominicano, nos dejó éxitos inolvidables como ‘Fui fua’, que antes de su fallecimiento en 2025 volvió a sonar en todas las plataformas, gracias a esa conexión con el pueblo dominicano. Eso sí que es talento del bueno.

Hasta Bonny Cepeda pegó ‘Asesina’, que era una adaptación de un tema de la agrupación haitiana DP Express. En esos tiempos, la música se mezclaba de lo más bien sin tanto escándalo. El locutor y productor Choby Capellán tenía hasta un programa radial de música haitiana que gozaba de un público jevi. Y ni hablar de Juan Luis Guerra, una de las figuras más grandes de nuestra música, que en 1992 reconoció la influencia de Nemours Jean-Baptiste, el creador del konpa dirèk, en su tema ‘Mal de amor’, del álbum ‘Areíto’. Eso es humildad y reconocimiento del valor ajeno.

Otro que aportó un viaje fue el productor de televisión Frantz Dugué, quien se fajó para acercar a los dos pueblos a través del arte. Se recuerda cuando los pintores haitianos llenaban el Malecón con sus obras de estilo naíf, que eran parte de nuestro atractivo cultural y turístico y no una ‘amenaza’. Y quién no se acuerda de Romain Dorléan, conocido como Rumai, y su ‘Palito de Coco’ en 2013, que se hizo viral en un momento de tensión nacional, demostrando que la gente se conecta por encima de cualquier vaina política.

Más recientemente, en 2021, TonyMix y Don Miguelo nos trajeron ‘Teteo’, una colaboración con Team Madada y T-Babas, otra prueba de que el ‘junte’ es la clave. Y movimientos como Azueï, que promueven la paz con la fusión de nuestras tradiciones musicales, con artistas como Roldán Mármol y Amín Domínguez de la República Dominicana, y Rebel Layonn y Sara Renelik de Haití, son la muestra viva de que el arte no tiene fronteras. La misma artista haitiana Sarodj Bertin tiene un viaje de colaboraciones con artistas dominicanos, como Mozart La Para, Kiko el Crazy, Chimbala y Shelow Shaq.

Es clave entender que esta circulación cultural siempre ha sido de doble vía. Nuestras carrozas y agrupaciones participaban en carnavales haitianos, y sus artistas venían aquí a ‘animar el coro’. Programas radiales en Haití difundían nuestra música. Esto demuestra que la famosa ‘haitianización’ que algunos usan como advertencia o amenaza es una visión chula, porque la cultura dominicana es fuerte, tiene raíces sólidas y puede dialogar con cualquiera sin perder un ápice de su esencia. La identidad nuestra no se debilita por compartir.

La música no va a resolver por sí sola los problemas políticos, pero sí que abre caminos entre la gente, desmonta prejuicios y construye puentes donde otros prefieren muros. Por eso, un aplauso de pie para Afriken y Bulin 47. Esperamos un viaje de más ‘juntes’ bacanos entre nuestros artistas. Nuestros pueblos necesitan más canciones compartidas, más encuentros y menos voces que busquen mantenernos enfrentados. ¡Klk con eso!

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