La historia de Juanita, una niña que estaba a punto de cumplir cuatro años, es de esas ‘vainas’ que nos estrujan el alma. Un primero de enero, volviendo de un ‘coro’ familiar en Bayona, un motociclista sin luz y en vía contraria le truncó la infancia, dejándola sin una pierna. Este lamentable suceso no es un caso aislado; es un espejo del Trauma Infantil que miles de familias dominicanas enfrentan cada año. Nuestro país tiene una de las tasas más altas de accidentes de tránsito en la región, y los más pequeños suelen ser las víctimas más vulnerables.
Más allá del impacto físico inicial, el accidente desencadena desafíos que se extienden por años. Juanita, con apenas seis años, ya ha pasado por un ‘viaje de’ cirugías, rehabilitaciones y un proceso judicial que avanza a paso de tortuga, con el responsable en libertad bajo fianza. No es solo cuestión de curar heridas; es reaprender a vivir y a integrarse. Los números del Intrant son alarmantes: más de 112 mil niños y jóvenes heridos entre 2020 y 2024, una cifra que nos debería poner ‘de una vez’ a pensar en esta ‘vaina’.
El ‘tigueraje’ en las calles, donde muchos conductores manejan sin respetar las reglas, es causa principal de estas tragedias. No es solo velocidad o falta de luces, es una actitud de descuido con consecuencias devastadoras. Mientras el dolor físico y emocional de Juanita y su familia es palpable, el sistema judicial a menudo parece lento, prolongando la agonía y añadiendo una carga económica inmensa. Los costos de prótesis, terapias y medicamentos son una ‘chercha’ que agota los bolsillos de cualquier hogar dominicano.
‘¿Por qué me pasó esto a mí?’ o ‘Quiero mi pierna de vuelta’ son frases desgarradoras que psicólogos como Altagracia Vázquez escuchan. La pérdida de una extremidad en la infancia no es solo un problema físico; es un duelo profundo, una herida en la autoestima y en la percepción del mundo que requiere apoyo psicológico constante. No se trata solo de ponerse una prótesis, sino de sanar el alma y ayudar al niño a entender que su vida sigue siendo ‘chula’ y llena de posibilidades. La adaptación puede ser ‘jevi’ y tomar años, pero es fundamental para su desarrollo.
Y la cosa se complica porque los niños crecen. A diferencia de un adulto, una prótesis para un menor no es solución permanente; es un dispositivo que necesita ajustes constantes, modificaciones y, muchas veces, reemplazos periódicos. Un niño puede necesitar varias prótesis a lo largo de su infancia y adolescencia, lo que representa un gasto continuo y una logística compleja. Asegún el fisiatra José Paul Rodríguez, a veces una prótesis no dura ni un año, convirtiendo la rehabilitación en un maratón sin línea de meta, una ‘vaina’ que no para para muchos.
La historia de Juanita nos obliga a reflexionar sobre nuestra responsabilidad colectiva en la prevención de accidentes. No podemos seguir con la mentalidad de que ‘está de lo más bien’ salir a la calle sin respetar las señales o conducir imprudentemente. Es un llamado a la conciencia, a la educación vial desde la escuela y a la aplicación más estricta de las leyes. La seguridad de nuestros niños es un asunto de todos, y es hora de que, como ‘gente del patio’, pongamos fin a estas tragedias evitables para que la infancia dominicana no siga siendo truncada.
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