Desde hace tiempo, la gente siempre se ha preguntado qué ‘vaina’ pasa con esos ‘muchachitos’ que de pequeños se destacan por su inteligencia. El reconocido investigador David Lubinski, según la noticia, lleva desde los años ochenta siguiendo a un grupo de estos niños, algunos de los cuales ya a los trece años resolvían problemas universitarios de matemáticas. La inquietud principal era saber cómo les iba a estos niños superdotados cuando llegaban a la adultez, una pregunta que el divulgador David Robson ha explorado a fondo en ‘New Scientist’, desmintiendo el imaginario popular del ‘genio atormentado’.
El ‘Study of Mathematically Precocious Youth’ (SMPY), bajo la dirección de Lubinski desde la Universidad de Vanderbilt, ha sido una ‘bacana’ iniciativa que por más de cuatro décadas ha seguido a más de 1,600 personas identificadas con altas capacidades en su infancia. El resultado, según el reporte, es bien ‘chulo’: a los cincuenta años, estos individuos reportan un bienestar subjetivo por encima del promedio general. Contrario a lo que se piensa, el hecho de que algunos se saltaran cursos o aceleraran su ritmo escolar no les trajo ningún trauma psicológico, una idea que el estudio desmiente ‘de una vez’.
Este tipo de seguimiento a largo plazo no es una ‘vaina’ nueva. La noticia nos recuerda que ya en los años veinte, el pionero Lewis Terman hizo algo parecido con una cohorte en California, siendo el primer intento serio de rastrear a niños con coeficientes intelectuales altos. Ya en aquel entonces, se lograron desmontar muchos de los mitos sobre la supuesta fragilidad del genio precoz. El SMPY, con una base similar, ahora se ha modernizado con herramientas de neuroimagen que Terman ni soñaba, llevando la investigación a otro nivel.
Uno de los mitos más persistentes es el de la ‘wrecked-by-success hypothesis’, esa idea de que el éxito temprano te quema o te rompe. Pero ‘nananina’, los datos del estudio de Vanderbilt son contundentes: no se observa un patrón dominante de aislamiento social ni de agotamiento por la ‘sobreexigencia’ entre los adultos que fueron identificados como superdotados en su niñez. Esto nos dice que el ‘tigueraje’ de contar anécdotas sueltas no aguanta un seguimiento científico de cuarenta años.
Ahora, yendo a la parte del cerebro, la noticia nos trae los hallazgos de Karin Reuwsaat, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, quien lideró un metaanálisis con neuroimagen. Esta investigación comparó la anatomía cerebral de personas con altas capacidades con la población general. ¿El descubrimiento? Un mayor volumen de sustancia gris en la corteza prefrontal dorsolateral y una conectividad más densa de sustancia blanca entre las regiones cerebrales, justo las áreas que se activan para resolver problemas complejos. Es como si tuvieran un ‘cableado’ más eficiente, que usa menos energía.
A pesar de estos hallazgos ‘jevis’, es importante no sacar conclusiones a la ligera. Los propios investigadores advierten que estas diferencias son correlaciones de grupo, no una garantía individual de éxito. Es decir, que no porque tengas ese ‘cableado’ ya estás hecho. Además, la ‘vaina’ de si el cerebro nace así o se moldea con la estimulación temprana sigue siendo un misterio. ¡Una resonancia magnética no te certifica el futuro, klk!
Por otro lado, Enrico Toffalini, de la Universidad de Padua, le pone freno al entusiasmo al señalar que la inteligencia solo explica alrededor del 20% del éxito vital de una persona. El otro 80% depende de otras variables que ningún escáner puede medir. Según la noticia, Gilles Gignac ha identificado que la escrupulosidad y la estabilidad emocional son esos rasgos no cognitivos que más influyen en la brecha entre el potencial y el resultado final. Dos ‘muchachitos’ con el mismo CI pueden tener vidas completamente distintas si uno es más constante o maneja mejor la frustración.
Finalmente, hay un punto que los expertos de Johns Hopkins señalan como una limitación importante: la identificación de la superdotación sigue teniendo un ‘sesgo feo’ socioeconómico. Esto significa que muchos niños con gran potencial, pero sin acceso a evaluaciones psicológicas o a buenos centros educativos, se quedan fuera de estudios como el SMPY. Es como si el sistema solo viera a los ‘tigueres’ que tienen la suerte de estar en un buen ambiente, dejando a un viaje de talentos por fuera.
Esta ‘grieta social’ plantea una pregunta ‘heavy’ para futuras investigaciones: si la identificación del talento fuera equitativa, ¿veríamos el mismo patrón en el cerebro, o descubriríamos que esa arquitectura cerebral tan especial es mucho más común de lo que pensamos? Es una ‘vaina’ a considerar para que la ciencia sea más justa y abarque a todos.
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