En Santo Domingo, la capital que echa pecho con su Metro y Teleférico, hay una ‘vaina’ que parece sacada de otro siglo. En medio de todo el “progreso”, muchísimos dominicanos siguen dependiendo de una simple yola para cruzar en yola el histórico, pero ya bien maltratado, río Ozama. Esta es la cruda realidad que vive el ‘tigueraje’ de los barrios ribereños, donde el desarrollo moderno, dique, no ha llegado con el mismo empuje que en otros lares.
El Ozama, que en tiempos ancestrales era una vía límpida y vital para nuestros taínos, hoy se ha convertido en un espejo de la contaminación, reflejando no solo el sol sino también el abandono. A pesar de su estado, para gente como Ramón Acosta, dirigente comunitario de Las Lilas, el río sigue siendo el eje de una microeconomía que le da de comer a un viaje de familias. Es una vaina de resiliencia pura, donde la necesidad aguza el ingenio y mantiene a flote una forma de vida que muchos creerían ya extinguida.
Esta forma de transporte informal, donde cada viaje cuesta unos ‘chavos’ –treinta pesos, pa’ ser exactos–, demuestra cómo la economía del día a día se las ingenia para sobrevivir. Muchos comerciantes, vendedores ambulantes y hasta aquellos que reparan abanicos, usan la yola como su principal puente para llegar a sus clientes o lugares de trabajo. No es un ‘bacano’ que haya modernos sistemas de transporte; la cercanía y el costo de la yola son imbatibles para esta gente, que busca la forma más directa de echar pa’lante sin mucho relajo.
Los ‘yoleros’, una especie de hermandad de río, tienen su propio ‘coro’ organizado para llevar la chercha del trabajo. Hombres como Buki, con más de seis décadas sobre la tierra y media vida remando en el Ozama, son el vivo ejemplo de que el trabajo dignifica, aunque sea en las condiciones más duras. Él, y otros colegas, se la buscan a diario, demostrando que aunque el ‘tigueraje’ joven, asegún dice Ramón, no quiera meterle mano, siempre hay un valiente dispuesto a seguir el legado y a mantener viva esta tradición laboral. La historia de Claudia, cuya yola heredó de su padre, muestra que es una labor que a veces pasa de generación en generación.
Pero no todo es color de rosa en esta ‘vaina’. El río, contaminado con un viaje de plásticos y lilas, es un riesgo latente para la salud de quienes lo cruzan a diario. La sensación de cruzar esas aguas, observando la basura y el verdor por la contaminación, te da una ‘chercha’ de preocupación. Para muchos, es su cotidianidad, su oficina, su ruta. La indiferencia ante esta situación, donde familias enteras, incluyendo niños, se exponen a diario en embarcaciones que parecen de la época de la colonia, grita por soluciones dignas que vayan más allá de solo tener infraestructuras ‘chulas’ en otras partes de la ciudad. Je, es una realidad que no está de lo más bien.
Es crucial que nuestras autoridades pongan el ojo en estos puntos ciegos de la capital. No solo es construir puentes o teleféricos en zonas estratégicas, sino también asegurar que el progreso llegue a cada rincón, dignificando la vida de nuestros ciudadanos que se la buscan día a día en condiciones precarias. De una vez por todas, hay que sanear el Ozama y brindar alternativas seguras y modernas a estas comunidades que, en pleno siglo XXI, siguen a la merced de una yola.Si te ha gustado este artículo, ¡compártelo con tus amigos, o déjanos un comentario!
Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




