¡Qué vaina, mi gente! En este patio, la estabilidad que nos venden desde el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes parece ser la que nos roba el chance de un respiro. Aunque afuera, en el mercado internacional, el precio del petróleo WTI ha bajado de US$2 a US$3, llegando a rondar los US$69.50 por barril, aquí los precios de la gasolina se han quedado tiesos, sin ceder ni un mísero centavo. ¡Dímelo a mí, que ando en la calle y siento el golpe! Mientras otros países de la región ya han aplicado rebajas, a nosotros nos ‘premian’ con el combustible más caro del vecindario, una situación que pone al dominicano de a pie contra la pared.
Esta situación no es nueva, ni es un simple relajo. La verdad es que la política de combustibles en nuestra Quisqueya no parece responder a la lógica del mercado global, sino a una conveniencia que solo el Gobierno entiende. Es como si vivimos en una burbuja económica, ajenos a lo que pasa con el dólar que acecha los RD$58.75 o el crudo que se desploma. Aparte de los altos precios, el tigueraje en las bombas con el verifón es otro dolor de cabeza: un cobro adicional de siete pesos por galón al pagar con tarjeta, obligándonos a volver al efectivo y exponiéndonos más a los malhechores. ¡Estamos yendo para atrás como el cangrejo!
La excusa de los subsidios, esa vaina de destinar entre RD$250 y RD$300 millones semanales para ‘amortiguar’ golpes anteriores, es un truco viejo. En la práctica, lo que pasa es que el Estado confisca esa baja internacional para saldar sus deudas viejas, es decir, ¡el consumidor de hoy está pagando lo que el Gobierno empeñó ayer! Es un ciclo perverso, señores: cuando el crudo sube, el ciudadano es el primero en la fila para asumir el palo; pero cuando baja, el alivio se evapora en el laberinto de las oficinas oficiales. Esto no es justo, ni de cerca, para el que se faja de sol a sol.
Y ni me vengan con el cuento del conflicto Irán-Israel; aunque sí hubo tensión, el impacto directo en las rutas de suministro para América Latina fue mínimo. Esa ‘estabilidad’ de la que tanto hablan los técnicos se ha convertido en un dogma de papel que está asfixiando la economía real. Los salarios están más apretados que nunca, la canasta básica está por las nubes y, como si fuera poco, el transporte público, esa guagua que nos lleva a trabajar, ha subido en 47 rutas, castigando doblemente al ciudadano que no tiene otro medio. ¡Es un abuso!
No podemos seguir así. República Dominicana exige una política de combustibles transparente, que respete a la gente que se mata trabajando. Si el petróleo baja afuera, tiene que bajar aquí de una vez, con la misma rapidez con que nos lo suben. Si el dólar se enfría, el ticket debe aligerarse. Y si hay subsidios, que se expliquen con números claros y se demuestre a quién benefician realmente. No es posible que la fórmula para fijar los precios sea un secreto de Estado, guardado bajo siete llaves, mientras el pueblo hace malabares para llenar el tanque.
Recordando las palabras de aquel chofer de concho en la Zona Colonial, que con una sonrisa amarga me dijo: ‘Doña, aquí la gasolina es como el mal de ojo; que solo sube y nunca se quita’. Esa frase, tan del patio, encapsula la frustración de un pueblo que se siente engañado. Es hora de que la justicia aritmética llegue al bolsillo del dominicano, y que la ‘estabilidad’ sea para todos, no solo para el que recauda. ¡Basta ya de esta vaina!
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




