¡Qué ‘klk’ con el sistema de salud en Estados Unidos! Según un reporte reciente, hay un viaje de gente, nada más y nada menos que unos 30 millones de ciudadanos, que andan por ahí sin ningún tipo de cobertura médica. Esto, para que se hagan una idea, es casi el triple de la población de nuestra querida República Dominicana. La vaina es seria, y asegún explicó la economista Judith Feder, una lumbrera de la McCourt School of Public Policy de Georgetown University y arquitecta de la política sanitaria gringa desde los noventa, esta situación no es un simple capricho del momento; es una vaina estructural que viene arrastrándose desde hace ochenta años, y ahora mismo ‘está cogiendo más aire’.
Feder, quien fuera funcionaria en la administración Clinton, se encargó de desmontar ese mito: ‘Ah, pero es un país rico, al final a todo el mundo lo atienden’. ¡Nananina! Treinta millones sin seguro demuestra que no están cubriendo a todos, y la situación ‘ta’ poniéndose más difícil para el ‘tigueraje’ que no puede costearse la salud. El problema no es coyuntural, sino una falla de diseño que se remonta a los años 30, cuando el seguro de salud apenas emergía de un modelo sin fines de lucro.
La ‘jevi’ solución fue dejar de vender seguros individualmente – lo que llevaba a la quiebra – y enfocarse en grupos de empleados. Así nació el seguro patrocinado por el empleador, pilar fundamental que hoy cubre a más de 155 millones. Sin embargo, este modelo, que creció de lo más bien hasta finales de los setenta, comenzó a perder el ritmo y dejó fuera a categorías enteras de trabajadores y sus familias.
El problema es que las decisiones se arraigan por expectativas, creando un sistema fragmentado con dos costos: cobertura y control de precios. El sistema quedó como un rompecabezas: Medicare para los ancianos y Medicaid para los pobres ‘merecedores’. Según Feder, cuando se crearon en 1965, el presidente Lyndon Johnson evitó un ‘bochinche’ con los médicos simplemente tirándoles dinero para que participaran, una decisión que marcó el futuro de los precios. Una vez con seguro, tu capacidad de pago deja de ser una restricción. Si la aseguradora no controla, los proveedores cobran lo que les da la gana.
A diferencia de muchos países de la OCDE y sistemas públicos en América Latina donde el Estado pone un tope, en el mercado privado de EE. UU. no hay control gubernamental de precios. Médicos y hospitales imponen sus tarifas sin chistar, explicando el gasto desmedido: US$13,000 per cápita al año, casi el doble que Alemania y tres veces más que Chile, pero con menor esperanza de vida (77.5 años). El seguro familiar promedio por empleador en 2026 ya roza los US$25,800 anuales.
Esta ‘vaina’ fuerza a muchas pymes a dejar de ofrecer seguro, dejando a millones sin cobertura. Según Feder, al coger esta ruta del empleador, no solo se crearon grandes huecos, sino que también se perdió el control de los costos, lo cual es ‘una vaina grande’. Aunque Medicaid sí tiene precios controlados y paga un 40% menos que el seguro privado, solo cubre a algunos pobres. Millones quedan atrapados en el medio, sin seguro privado y sin calificar para la ayuda estatal, en un limbo de incertidumbre.
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