La inteligencia artificial, esa ‘vaina’ que tanto nos asombra, ahora revela un lado oscuro que ha puesto de cabeza a los libreros de viejo y los amantes del patrimonio cultural. Nos referimos al famoso ‘Proyecto Panamá’, una operación secreta que ha destapado cómo miles de libros antiguos están siendo sacrificados, o mejor dicho, ‘desarmados’ para alimentar la sed insaciable de datos de los modelos de lenguaje. Todo esto salió a la luz gracias a la perspicacia de Marçal Font, un experimentado librero de Badalona, España, que notó un patrón de compra sumamente extraño a finales de abril pasado en su Librería Fénix.
Font, quien lleva dos décadas en el oficio de librero de viejo y es también poeta y profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona, se encontró con pedidos masivos de libros en catalán provenientes de una empresa en Canadá. Asegún nos cuenta el mismo librero, aunque enviar libros al exterior no era novedad, el comportamiento de compra le resultó sospechoso: múltiples correos pidiendo un número dispar de ejemplares en una ventana de tiempo corta, sin importar los exorbitantes gastos de envío. Este comportamiento encendió las alarmas y lo llevó, de una vez, a investigar qué ‘klk’ estaba pasando.
Al consultar con su amigo Xavier Vinaixa, investigador de inteligencia artificial y director técnico de Sorensen.ai, la pieza del rompecabezas comenzó a encajar. Vinaixa, quien comparte la pasión por los libros y la IA, relata cómo el patrón raro de pedidos a la librería de Font se replicaba con otros libreros alrededor del mundo, desde Alemania hasta Nueva Zelanda. Rápidamente, se dieron cuenta de que no estaban solos en sus inquietudes, lo que señalaba a un problema global que ya periódicos como The Telegraph y The Guardian habían empezado a documentar, revelando el ‘Proyecto Panamá’.
Este proyecto se dio a conocer en enero de este año, cuatro meses después de que la empresa Anthropic acordara pagar US$1.500 millones para resolver una demanda colectiva. En la demanda, autores como Maximiliano Firtman, profesor argentino y autor de libros sobre programación e inteligencia artificial, alegaban que la compañía había usado sus obras sin permiso para entrenar sus modelos. Fue un documento filtrado del proceso judicial lo que reveló la existencia del ‘Proyecto Panamá’, describiéndolo como un esfuerzo para ‘escanear de forma destructiva todos los libros del mundo’, y enfatizando que ‘no queremos que se sepa que estamos trabajando en esto’.
El método destructivo para la digitalización implica cortar el lomo de los libros para separar las hojas, las cuales luego se introducen en escáneres industriales de alta velocidad. Este proceso permite digitalizar millones de ejemplares de forma rápida y económica, pero con un costo irreversible: una vez escaneadas, las páginas ya no pueden reunirse, y los restos del libro suelen ser enviados a reciclaje. Rodrigo Álvarez, periodista especializado en tecnología en Todo Noticias de Argentina, destaca que esta es la alternativa preferida por las empresas de IA por una cuestión de escala y costo, como fue el caso documentado de Anthropic.
La urgencia por digitalizar se explica por el hambre de datos de los modelos de lenguaje (LLM), como ChatGPT. Estos sistemas aprenden a predecir y generar texto alimentándose de inmensas cantidades de información. Primero devoraron todo el contenido disponible en internet –Wikipedia, blogs, foros–, luego notas de periódicos y hasta subtítulos de YouTube. Pero cuando esa fuente empezó a agotarse, las empresas de IA voltearon la mirada hacia los libros impresos, buscando especialmente aquellos ‘extraños’ o ‘no comerciales’ que solo se encuentran en librerías de usados y anticuarios, como los ’embutidos catalanes’ que mencionó Font.
A pesar de que la digitalización puede parecer una forma de preservar el conocimiento, muchos expertos, como Miguel Ángel Ortega, presidente de la Asociación Profesional del Libro y Coleccionismo Antiguos de España, alertan sobre los riesgos. La destrucción de ejemplares únicos o de tiradas limitadas sin un registro adecuado representa una pérdida irreparable del patrimonio cultural. Álvarez también advierte que esta digitalización masiva puede hacer que se pierdan características valiosas más allá del texto, como encuadernaciones, anotaciones, ilustraciones o la procedencia del libro, que son vitales para investigadores y bibliotecarios.
Marçal Font, aunque menos romántico respecto a la destrucción de copias con depósito legal, donde existen otros ejemplares, se muestra preocupado por la información que se queda fuera de este frenesí digital. Él señala que mucha disidencia política, la lucha LGTBI, fanzines de rebeldía y toda la contracultura se ha gestado sin ISBN, por lo que estos documentos valiosos podrían perderse si no se digitalizan de manera contextualizada. Tanto Font como Álvarez enfatizan que no se debe confundir digitalización con conservación, ya que los archivos digitales suelen terminar en bases de datos privadas, inaccesibles al público general.
Una de las mayores preocupaciones a largo plazo, según Firtman y Álvarez, es lo que ocurre cuando se acaben los datos generados por humanos. La IA, para seguir entrenándose, podría recurrir a datos sintéticos, es decir, textos generados por otras inteligencias artificiales. Esto podría llevar a una degradación de la información, un ciclo vicioso donde la IA se entrena con su propio ‘chismoseo’, volviendo el lenguaje cada vez más básico y alejado de las fuentes originales, como una serpiente que se come su propia cola, disminuyendo la calidad y diversidad del conocimiento.
Ante esta situación, Vinaixa y Font proponen una solución: evitar los intermediarios. Abogan por escanear el patrimonio cultural local con sumo cuidado, licenciando los datos de la mejor manera posible, pero conservando los libros físicos. La demanda de datos para la IA no se detiene; de hecho, Vinaixa afirma que ‘el tope son los datos, la IA se ha quedado pequeña porque ya no hay más datos’. Mientras tanto, en la Librería Fénix, los pedidos ‘extraños’ han continuado, cambiando de logística y de destinos, lo que solo puede significar que, según Font, el ‘Proyecto Panamá’ sigue activo y expandiéndose, una ‘vaina’ que hay que tener bien clara y vigilada.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).


