El reciente temblor de magnitud 5.0, con epicentro al sur de Boca de Yuma, nos puso a pensar a muchos, ¿verdad? Y de una vez, sale la pregunta de siempre: ¿Por qué en un lado se siente ‘un viaje de’ fuerte y en otro apenas un ‘meneíto’? La ingeniera sísmica Claudia Germoso nos aclara que la intensidad de los Terremotos no solo depende de la magnitud o la cercanía al epicentro, sino, y esto es clave, del tipo de suelo donde uno está parado. ¡Una ‘vaina’ importante que muchos no le ponen mente!
República Dominicana, con su ubicación estratégica en el Caribe, se encuentra en una zona de alta actividad sísmica, producto del choque entre la placa del Caribe y la Norteamericana. Esto genera fallas como la Enriquillo-Plantain Garden y la Septentrional, que nos mantienen en un constante ‘ajá’, pendientes de cualquier movimiento telúrico. Con un panorama geológico tan dinámico, entender cómo reacciona el suelo de nuestras ciudades ante estos fenómenos no es un lujo, es una necesidad del ‘tigueraje’ para poder vivir tranquilos y seguros.
En Santo Domingo, la capital, la cosa es bien variada. Según Germoso, si estás cerca de la costa, la mayoría de los suelos son más rígidos, más rocosos, como si fueran de cemento, lo que hace que los temblores se sientan un poco menos intensos. Pero ojo, que mientras más te alejas del litoral, por sectores como Los Prados o Arroyo Hondo, la tierra se vuelve más blanda, más ‘suavecita’, y ahí la situación cambia. En estos suelos blandos, el movimiento se amplifica ‘un viaje’, haciendo que uno sienta el terremoto con mucha más fuerza, una vaina que puede ser bien ‘jevi’ peligrosa.
Ahora, en Santiago, la situación es un poco distinta y, en general, la ciudad está asentada sobre suelos predominantemente sedimentarios y blandos. La ingeniera Germoso destaca que hay muy poco suelo duro en la Ciudad Corazón, lo que tradicionalmente limitaba las construcciones a edificaciones de baja altura, máximo de cuatro niveles. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha visto un aumento de torres y edificios altísimos, algo que tiene a los expertos con la ceja levantada, preguntándose el porqué de esta tendencia sin tomar en cuenta el tipo de terreno. ¡Eso sí que da tela por donde cortar!
Cuando el suelo es blando, ocurre un fenómeno conocido como amplificación de ondas sísmicas. Imagínense que el suelo es una gelatina y las ondas sísmicas son las vibraciones que la hacen temblar. Si construimos una edificación cuyo periodo natural de vibración coincide con el de ese suelo, ahí es donde se da la peligrosa resonancia. Esto es como cuando empujas un columpio a su ritmo y cada vez va más alto; tanto el suelo como la estructura vibran de forma amplificada, y es ahí donde se pueden venir abajo. Esto es lo que se cree que pasó en países como Turquía y México, dejando una estela de destrucción y ‘un coro’ de hipótesis.
Es importante recalcar que no existe una ciudad que sea completamente inmune o ‘más segura’ que otra ante los temblores. La cosa no es tan blanco y negro, ni tampoco es que Santiago sea ‘peor’ que Santo Domingo o viceversa. La clave está en el tipo de suelo específico donde se levanta cada edificio y, más importante aún, si el diseño estructural de esa construcción tomó en cuenta las características geológicas del terreno. El principal reto que tenemos como país es que muchas veces se obvia la importancia de incorporar el comportamiento del suelo en el diseño de nuestras infraestructuras, una ‘vaina’ que hay que cambiar de una vez.
Y aquí entra otro ‘bache’ grande: la falta de estudios de microzonificación sísmica en gran parte de nuestro territorio. Estos estudios son vitales porque permiten saber con exactitud cómo se comportará el terreno en sectores específicos, guiando a los ingenieros y arquitectos sobre qué tipo de edificaciones son las más adecuadas para cada zona. Sin esta información, se sigue construyendo con poca base sobre el suelo, confiando más en la suerte que en la ciencia. Es un asunto serio que requiere el ‘tigueraje’ del gobierno y las instituciones para asegurar que nuestras ciudades estén realmente preparadas para el próximo ‘meneíto’.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




