La risa: ¡qué ‘vaina’ más antigua! Su origen nos deja con la boca abierta

¡Mi gente, prepárense para un dato ‘jevi’ que les va a dejar con la boca abierta! Resulta que la risa humana es mucho, pero mucho más vieja de lo que la mayoría de nosotros nos imaginábamos. Estamos hablando de una ‘vaina’ que se remonta al menos a 15 millones de años. Por décadas, los fósiles nos han ayudado a armar el rompecabezas de nuestra historia evolutiva, viendo cuándo caminamos erectos o qué herramientas usábamos. Pero hay un elemento clave que no deja huella: la voz. Los sonidos se van de una vez que se producen, lo que hace que descifrar la comunicación de nuestros ancestros fuera un desafío ‘tremendo’.

Pero el ‘tigueraje’ científico, que no se queda atrás, encontró una forma ‘bacana’ de abordar este misterio. En lugar de solo mirar el pasado, se pusieron a estudiar el presente. Examinaron a nuestros parientes más cercanos: chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes. Estos panas comparten un ancestro remoto con nosotros y mantienen comportamientos heredados de aquel linaje, incluyendo vocalizaciones que, ¡aségun los expertos!, nos dan ‘un viaje’ de información sobre episodios de nuestra evolución que jamás encontraríamos en un yacimiento.

Entre todas esas vocalizaciones, la risa se destacó como una conducta tan cotidiana como enigmática. Una investigación reciente de las universidades de Warwick y Portsmouth, publicada en ‘Communications Biology’, concluye que el patrón rítmico de la risa ya estaba presente hace, al menos, 15 millones de años. Este hallazgo es ‘chulo’ porque plantea que el perfeccionamiento gradual de esa antigua manifestación sonora pudo ser clave para el control de la voz que, millones de años después, favorecería el *origen de la risa* y, eventualmente, el lenguaje. Se observó una sorprendente regularidad en la sucesión de sonidos, una propiedad llamada isocronía, presente en todos los grupos y en niños pequeños.

Este descubrimiento ‘bacano’ demuestra que la evolución no partió de cero. Lejos de reemplazar aquella peculiaridad ancestral, la fue afinando poco a poco hasta darle una flexibilidad mucho mayor. En el linaje humano, la risa se hizo más rápida y versátil, a diferencia de la cadencia más uniforme de otros grandes simios. Ese incremento en agilidad y plasticidad se interpreta como el resultado de una transformación gradual que fue mejorando la coordinación entre la respiración y los movimientos implicados en la producción de sonidos.

Asegún la ciencia, el entorno en el que nace la carcajada también resulta esclarecedor. Cuando es la respuesta a las cosquillas, la sucesión de sonidos guarda una uniformidad marcada, lo que la convierte en una referencia privilegiada para estudiar el esquema heredado del ancestro común. En cambio, durante el juego libre, afloran más irregularidades porque correr, empujar o cambiar de postura modifica continuamente la respiración, ilustrando hasta dónde puede ajustarse ese mecanismo a circunstancias cambiantes.

La principal aportación de la investigación no es solo retrasar el origen de la risa, sino que nos viene ‘de lo más bien’ para seguir la evolución del control vocal, una aptitud indispensable para que, mucho tiempo después, emergiera el lenguaje articulado. Hablar exige una coordinación precisa de muchos elementos, y la risa proporciona una de las mejores ventanas para no perderse detalle de ese recorrido, ya que está presente en todos los grandes simios y conserva rasgos de un ancestro compartido.

La metodología usada en este estudio ‘está de lo más bien’, ya que parte de las grabaciones empleadas fueron obtenidas hace más de dos décadas en zoológicos y observaciones de campo. El equipo re-analizó ese archivo sonoro con herramientas estadísticas mucho más avanzadas, haciendo aflorar regularidades que antes habían pasado inadvertidas. Además, la selección de participantes infantiles fue clave, pues la risa en los primeros años de vida es de las manifestaciones sociales más espontáneas, ayudando a identificar rasgos heredados antes de que el aprendizaje la remodele.

Así que, mi gente, la próxima vez que les pegue la risa, piensen que están participando de una ‘vaina’ con millones de años de historia. Este trabajo nos enseña que algunas claves de la evolución humana no solo están ocultas bajo tierra, sino que también sobreviven en comportamientos cotidianos que compartimos con nuestros parientes más próximos, ofreciéndonos una pista ‘bacana’ de cómo llegamos a una comunicación tan sofisticada como el lenguaje.

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