Los Juegos Centroamericanos y del Caribe ‘Santo Domingo 2026’ han sido el escenario de una historia que nos llena de orgullo a todos los dominicanos, una verdadera ‘chercha’ de éxitos. Los hermanos Pigozzi —Robert, Andrea, Paolo y Francesca— han escrito con letras doradas la que, sin duda, es una de las hazañas más bonitas de estos juegos. Entre los cuatro, estos ‘tigres’ conquistaron 10 de las 12 medallas que la selección nacional obtuvo en esquí náutico, incluyendo tres de oro que se llevaron Robert, Paolo y Andrea en esta misma cita centroamericana.
Para añadirle más sazón a esta historia, los trillizos Paolo, Andrea y Francesca subieron al podio, marcando un hito sin precedentes en este evento multideportivo regional, el más antiguo del mundo. Esto no es cualquier ‘vaina’, es un logro que demuestra el trabajo duro y la dedicación de estos jóvenes atletas que han puesto el nombre de República Dominicana bien en alto.
Detrás de esta memorable hazaña, hay un pilar fundamental: Mario Pigozzi, el padre de los cuatro. Este italiano, que ya está más ‘aplatanado’ que el plátano mismo, fue el principal propulsor de la disciplina del esquí náutico en nuestro país. Con una visión clara y un compromiso inquebrantable, en 2004 se aventuró a construir un lago artificial para que sus hijos pudieran seguir sus pasos en un escenario ideal durante todo el año, asegurando que tuvieran las mejores condiciones para desarrollar su talento.
‘La idea fue poder criar una familia lejos del tigueraje, como dicen ustedes, y de todo lo demás. Quería que se criaran en un ambiente sano. Esto es un estilo de vida. Nosotros venimos todos los días a practicar’, explicó Mario, con sus 56 años, evidenciando el propósito noble detrás de su inversión y esfuerzo. Su filosofía no solo impulsó un deporte, sino que también forjó valores en sus hijos, construyendo un legado de disciplina y pasión que hoy rinde frutos gloriosos.
El ministro de Deportes, Kelvin Cruz, no se quedó atrás y se desplazó hasta el lago Catalina Water Ski Lake, ubicado en Hato Viejo, Boca Chica, para reconocer el extraordinario esfuerzo. ‘Lo primero es reconocer el esfuerzo de sus padres, quienes han sembrado la cultura del esquí náutico en República Dominicana’, declaró el ministro, destacando la importancia de la inversión y la dedicación familiar en el desarrollo deportivo. ‘No es tan sencillo hacer este tipo de inversiones para desarrollar una cultura de esta disciplina deportiva. La República Dominicana se siente orgullosa de ustedes’, expresó, resonando con el sentir de toda la nación.
Robert, el mayor de los hermanos, no dudó en reconocer la labor de su progenitor. ‘Sin nuestro padre nada de esto fuera posible. Él fue el que trajo este deporte al país, lo impulsó y nos motivó para que lo practicáramos’, enfatizó Robert, subrayando el rol irremplazable de su padre en su trayectoria y la de sus hermanos. Esta conexión familiar es lo que hace que esta historia sea aún más ‘chula’, un verdadero ejemplo de lo que se puede lograr con apoyo y pasión.
En la modalidad de slalom, Robert, de 28 años, se llevó la presea aurífera, mientras que Andrea le secundó con la de plata, mostrando la sinergia y el talento de estos hermanos. Fruto de la unión entre Mario y la dominicana Niurkis Perdomo, estos jóvenes son el vivo ejemplo de la fusión cultural y deportiva que enriquece nuestra nación. Su éxito no es solo personal, es el triunfo de un proyecto familiar y de una visión que se hizo realidad.
La hoja de servicio de Robert es bastante envidiable, con logros como medallista de oro en los Juegos Panamericanos ‘Chile 2023’, plata en los de ‘Lima 2019’ y campeón mundial junior en 2015. Sin embargo, según la noticia, ninguna de estas hazañas le ha sabido tan bien como el oro ganado aquí en su país, junto a sus hermanos y con el apoyo de sus padres y de todo el pueblo dominicano. Esta victoria en casa tiene un ‘sazón’ especial, un toque que solo el calor de nuestra gente puede dar.
A la pregunta de a qué sabe el oro ganado en casa, Robert, que es licenciado en Mercadeo y oriundo de Boca Chica, respondió de una forma muy dominicana: ‘Sabe a arroz, habichuela y pollo’. Esa es la esencia de la dominicanidad, un sabor a hogar, a familia, a lo nuestro. Esta respuesta tan auténtica capturó el corazón de muchos, demostrando que, a pesar de los viajes y las competencias internacionales, sus raíces están firmemente plantadas en nuestra tierra.
Los trillizos Franchesca, Paolo y Andrea, nacidos en 2006, dedicaron sus medallas a su padre. ‘A nuestro padre, que fue quien nos enseñó el deporte y siempre ha estado ahí enseñándonos, motivándonos cada día más’, afirmaron, resaltando la influencia constante y el apoyo incondicional de Mario. Esta dedicación subraya el profundo agradecimiento y el reconocimiento al esfuerzo de su padre, quien con visión y determinación, les abrió las puertas a un mundo de posibilidades deportivas.
‘Entrenamos mucho para tener una buena actuación, pero todo ha salido mejor de lo planeado’, reconoció Paolo, el campeón de la prueba overall, evidenciando la humildad y la sorpresa ante un desempeño que superó las expectativas. Por su parte, Andrea, un piloto de aviación, aún procesaba las emociones después de su espectacular actuación en salto con esquí, cerrando con broche de oro la participación de la familia en el torneo.
‘Ha sido muy importante, ya que siempre nosotros somos muy unidos, incluso en el deporte. Siempre nos ayudamos entre todos’, apuntó Franchesca, la princesa de esta emblemática familia. Aunque fue la única de los cuatro que no consiguió oro, Franchesca cosechó la mayor cantidad de preseas: una de plata y tres de bronce, demostrando que la unión y el apoyo mutuo son la clave de su éxito colectivo.
La familia Pigozzi ha logrado algo ‘bacano’: poner el esquí náutico, un deporte poco conocido en nuestro país, en el mapa dominicano. Su éxito no es solo de ellos, es un logro de todos, y la reacción del pueblo ante sus triunfos es una muestra del orgullo y la alegría que han generado. Su historia es un claro recordatorio de que con disciplina, pasión y el apoyo familiar, se pueden alcanzar sueños que parecían inalcanzables.
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