¡Qué vaina! Un micrófono en papel higiénico destapa un ‘tigueraje’ de espionaje en OpenAI

¡Qué vaina, mi gente! OpenAI, la firma que está en boca de todo el mundo por la Inteligencia Artificial, se ha metido en un lío de película de espías que ha dejado a más de uno con la boca abierta. Lejos de ser la víctima de sus propios modelos avanzados de IA, esta vez les tocó a ellos ser el blanco, y el arma no fue un algoritmo sofisticado, sino un micrófono envuelto en papel higiénico. ¡Sí, escuchaste bien, en papel higiénico! Un chisme de esos que te hacen decir ‘klk’ en voz alta.

Todo este berroche se destapó el pasado 13 de octubre, cuando el Departamento de Justicia de los Estados Unidos hizo público el arresto de Abdulrahman Alfozan, un ingeniero saudí de 35 años que, según el reporte, trabajaba en OpenAI desde julio de 2025 en el equipo de producto. Este arresto, que ocurrió unos días antes, llegó después de que la empresa descubriera el dispositivo de grabación en el puerto USB de un televisor en una de sus salas de reuniones ejecutivas. El caso de Espionaje OpenAI escaló rapidísimo, y la verdad es que la historia tiene de todo.

El dispositivo en cuestión, aunque ‘disfrazado’ con algo tan cotidiano como papel higiénico, no era cualquier cosa. Se trataba de una placa Seeed Studio XIAO ESP32-S3 Sense, que se usa para construir prototipos y que, aunque cuesta unos 13 euros, es un ‘tigueraje’ para grabaciones ocultas. Con su procesador de doble núcleo, Wi-Fi y Bluetooth de bajo consumo, esta placa, aunque sencilla, es un dolor de cabeza para detectar si el Wi-Fi está apagado. Un experto en ciberseguridad le dijo a Bloomberg que, para pillarlo, hace falta un equipo que ‘vigile’ el espectro radioeléctrico cercano, o una revisión física bien ‘a fondo’.

La movida de Alfozan no fue tan de ‘007’ como quizás él pensaba. A él lo vieron varias veces por las cámaras de seguridad en septiembre, rondando la puerta de la sala y mironeando por el cristal hacia la parte trasera del televisor. ¡Ahí fue que lo ‘engancharon’! Además, un miembro del equipo de seguridad encontró otra bolsa del ingeniero con un segundo dispositivo, lo que terminó de confirmar las sospechas. La empresa, ‘de una vez’, le fue limitando el acceso hasta suspenderlo por completo antes de que lo detuvieran.

La trama se puso más densa cuando el Departamento de Justicia empezó a indagar en los vínculos de Alfozan con Arabia Saudí. Aparentemente, entre el 24 y el 30 de septiembre, una cuenta ligada a la pareja de Alfozan hizo preguntas en un chatbot sobre cómo montar y cifrar aparatos de grabación. Y lo más ‘jevi’ de todo es que Alfozan, su esposa y otro familiar tenían pasajes solo de ida para Arabia Saudí con fecha del 12 de octubre. ¡Un viaje sin retorno, asegún! La Fiscalía usó esto como prueba de riesgo de fuga, y la prensa no tardó en conectar al ingeniero con el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán.

Medios como CNBC y The New York Times recordaron que, en 2016, Alfozan y otros saudíes se reunieron con bin Salmán, quien los animó a seguir formándose en EE. UU. antes de regresar a casa. Luego, en septiembre pasado, Alfozan fue el anfitrión de un grupo de ‘influencers’ tecnológicos saudíes en un ‘tour’ por las oficinas de OpenAI en San Francisco. El NYT también menciona que el ingeniero había comentado en un pódcast árabe, semanas atrás, que asesoraba a organizaciones saudíes en tecnología. Esta situación ha llevado a que las autoridades estadounidenses, incluyendo a Kash Patel del FBI y el director de Inteligencia, recalquen que la innovación tecnológica, ahora llamada ‘superinteligencia’ por algunos, es un tema de seguridad nacional.

Ahora solo queda esperar cómo se desenlaza este ‘show’. La primera vista está pautada para el 19 de octubre, y ahí se verá qué presenta la defensa y qué cargos adicionales le pone la Fiscalía. Por ahora, ningún documento público ha logrado conectar directamente el micrófono con el Gobierno Saudí. Tampoco se sabe si los motivos fueron personales, empresariales o de estado. Lo que sí es un hecho es que Alfozan se enfrenta a una posible condena de cinco años de prisión y una multa de 250,000 dólares. ¡Una vaina que ni en las novelas!

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