La calma, esa que a veces engaña en los parajes recónditos de nuestra tierra, se ha visto brutalmente quebrantada en la comunidad de Macasías, provincia Elías Piña. Y no es para menos, mis queridos compatriotas. En un lapso escalofriante, entre diciembre de 2025 y enero de 2026, más de cinco mujeres han sido halladas decapitadas en esta zona fronteriza, sumiendo a los moradores en una especie de pesadilla de la que no saben cómo despertar. Esto es una vaina seria, de las que te ponen los pelos de punta, y exige una respuesta de las autoridades, ¡y de una vez!
Las denuncias que llegan del patio, asegún los comunitarios, apuntan a que estos crímenes atroces no son actos aislados, sino que están directamente vinculados a redes de tráfico de personas, esos “coyotes” sin escrúpulos que operan con impunidad en la siempre compleja frontera dominico-haitiana. Es un tigueraje criminal que se aprovecha de la desesperación y la necesidad de gente humilde que busca un mejor porvenir, y eso, ¡klk!, no se puede permitir.
La trama es aún más desgarradora. Las víctimas, se presume, fueron contactadas por estos desalmados con la promesa de cruzar hacia nuestro territorio dominicano, vendiéndoles la ilusión de empleos “chulos” y “jevis” en las pujantes zonas turísticas como Bávaro. ¡Qué ironía tan cruel! Gente que venía buscando la luz en los destinos turísticos, encuentra la oscuridad en los matorrales. Una vez en el lugar, la realidad era otra: eran despojadas de su dinero y pertenencias, y, para colmo de la desgracia, asesinadas de la manera más inhumana posible. Esto es un golpe bajo a la esperanza de muchos, y un recordatorio de lo vulnerable que puede ser la vida de quienes se arriesgan buscando un futuro.
Lo que más enerva y crea un vacío de preocupación es el silencio oficial. Ni las autoridades de Haití ni las de la República Dominicana han emitido un informe contundente y oficial sobre estos hechos que tienen a la frontera en jaque. ¿Cómo es posible que ante una situación tan grave, el pueblo esté en el limbo, esperando respuestas? El programa “Toda la Verdad”, con la periodista Odalis Castillo al frente, se echó pa’lante y contactó a varios comunitarios. Uno de ellos, quien pidió ser identificado como Tavito por razones obvias de seguridad, confirmó el temor generalizado y la ausencia de un pronunciamiento oficial. La gente de allá abajo, la gente de trabajo, se siente desprotegida y con la incertidumbre comiéndoles el coco.
En un mundo donde la desinformación puede ser tan peligrosa como la realidad misma, Odalis Castillo se la jugó y filtró las fotos que recibió de los cuerpos a través de software detectores de creación de imágenes con IA. El resultado es contundente: más de un 90% de las fotografías resultaron ser reales. Esto, aunque doloroso, le da una dimensión irrefutable a la tragedia y disipa cualquier duda sobre la veracidad de los hallazgos. No estamos hablando de un cuento, sino de una verdad cruda y palpable.
La angustia no se limita solo a Macasías. La comunidad haitiana de Las Yayas, que colinda con la República Dominicana, también vive con el corazón en la mano. La cercanía de los hechos y el constante ir y venir de personas entre ambos territorios son una constante preocupación. En esta franja limítrofe, donde la vida se teje entre dos naciones, la inseguridad es un fantasma que ahora se ha materializado de la peor manera.
Pero, como en todo buen dominicano, siempre hay otra versión, otro chismecito, otra arista en esta compleja vaina. Se rumora que en áreas boscosas cercanas a comunidades haitianas, que hacen frontera con Macasías, se refugian individuos que habrían escapado de cárceles en Haití. Estos tigueres se dedicarían a asaltar a personas, principalmente comerciantes, que cruzan con dinero de vuelta a Haití después de vender sus productos en nuestro territorio. Esos son los que siempre están cogiendo para lo suyo, sin importar a quién arrastren.
Asegún la fuente, residentes dominicanos de la zona informaron a las autoridades haitianas de Veladero, uno de los principales puntos fronterizos, sobre la situación. Esto habría desencadenado en la muerte de dos de los presuntos responsables, aunque se dice que al menos uno de esos elementos se mantendría aún con vida y campante por la zona. ¡Imagínense el miedo de esa gente!
Los cuerpos han sido encontrados sin documentación ni vestimenta, lo que dificulta enormemente su identificación, un paso crucial en cualquier investigación. Los comunitarios aseguran que todas las mujeres víctimas serían de nacionalidad haitiana, y hasta el momento, no hay reportes de dominicanas entre los casos. Esto subraya la vulnerabilidad de la población migrante que, con la esperanza de una vida mejor, se convierte en presa fácil para estas bandas criminales.
Los hallazgos son, por lo general, obra de los mismos comunitarios. Gente humilde que se desplaza hacia el río, o que va a atender a sus animales en zonas rurales, y se encuentra de golpe con los cuerpos, una escena que los deja fríos y los hace salir de inmediato a informar. Luego, es que aparecen las autoridades locales: la Policía, los miembros de inteligencia militar. Aunque llegan, la percepción de la gente es que “a veces pasa mucho tiempo sin que se vea presencia militar”, como relató el mismo Tavito. Esto genera una sensación de abandono y, por supuesto, de temor.
Elías Piña es una de las provincias más pobres del país, un lugar donde la vida es una lucha constante y donde la frontera es, para muchos, la única vía de escape o sustento. La falta de infraestructuras, la lejanía de los centros de poder y la vulnerabilidad de sus habitantes hacen de esta zona un caldo de cultivo para la criminalidad transfronteriza. La situación actual solo agrava una realidad ya de por sí compleja, poniendo en evidencia la necesidad urgente de una mayor inversión en seguridad, desarrollo social y presencia estatal.
Mientras la preocupación persiste y crece como la yerba mala en las comunidades fronterizas, los residentes esperan que las autoridades de ambos países, Republica Dominicana y Haití, dejen el relajo y ofrezcan información oficial, tomen cartas en el asunto y adopten medidas concretas que garanticen la seguridad en la zona. No es hora de darle cotorra, sino de meter mano y poner orden en esta vaina que tiene a Macasías y sus alrededores viviendo un infierno. La gente de la frontera se lo merece, ¡y que sea pronto!
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