¡Ay mi madre, la vaina del asco a los insectos en Europa siempre nos ha parecido un capricho cultural, pero un estudio reciente le ha dado un giro a esa creencia! Se pensaba que era pura herencia social, una costumbre que se pasaba de generación en generación. Sin embargo, resulta que el cuento es mucho más viejo y está grabado en nuestro ADN, específicamente en cómo nuestros ancestros se adaptaron a su entorno. Esta investigación demuestra que el Rechazo a insectos por parte de los europeos tiene raíces genéticas que se remontan a miles de años.
Asegún los científicos del Instituto de Biología Evolutiva, un centro del CSIC y la Universitat Pompeu Fabra, la clave está en el cálculo dental, ese sarro que los dentistas nos quitan. Analizaron un viaje de 745 muestras de gente que vivió en Eurasia durante los últimos 33,000 años. Lo chulo de esto es que el cálculo dental guarda el ADN de lo que comimos, ¡como un disco duro antiguo! Y en los europeos de la prehistoria, casi no hay rastros genéticos de que comieran insectos de forma habitual.
La cosa se explica por el clima. En las regiones tropicales y subtropicales, los insectos son abundantes, fáciles de conseguir y una fuente de proteína que está de lo más bien. Pero en la Europa fría, buscar y procesar insectos costaba más energía de la que aportaban. Así que, las poblaciones que prosperaron en ese ambiente no es que dijeran ‘no me gusta’ conscientemente, sino que sus cuerpos dejaron de darle prioridad a la maquinaria digestiva para aprovechar esos bichitos.
El estudio profundizó en el genoma y encontró que los genes CHIA y CTBS, responsables de producir las enzimas quitinasas ácidas para descomponer la quitina (el exoesqueleto de los insectos), fueron reduciendo su actividad. Este proceso de pérdida de eficiencia digestiva lleva al menos 9,000 años gestándose en las poblaciones euroasiáticas. La biología se adaptó a lo que la naturaleza ofrecía o no ofrecía, marcando una diferencia genética palpable con otras culturas donde la entomofagia sigue siendo habitual y su registro genómico antiguo lo confirma.
Este descubrimiento es un palo, porque nos hace cuestionar cuántas otras preferencias alimentarias que consideramos puramente culturales podrían tener un sustrato ecológico y genético que aún no hemos explorado. Nos hemos enfocado en la educación y el mercadeo para cambiar la percepción sobre comer insectos, sin darnos cuenta de que hay una capa biológica subyacente que también está jugando su papel en todo el asunto.
Pero ojo, este trabajo no significa que los europeos no puedan comer insectos. ¡Para nada! La reducción enzimática afecta la quitina en su forma intacta. Las harinas de insecto o los productos procesados alteran el exoesqueleto, neutralizando esa limitación. Comer una proteína de larva procesada no es lo mismo que morder un saltamontes entero. La biotecnología está trabajando de una vez en cómo superar esta barrera, buscando formas para que esa brecha enzimática no sea un problema.
Al final, esta investigación nos obliga a repensar el debate sobre la entomofagia. El asco a los insectos no es solo una falla de imaginación culinaria; es, en parte, el legado de 9,000 años de selección natural en un clima frío. Es un recordatorio de que nuestra historia biológica tiene un peso pesado en lo que somos hoy, incluso en la cocina.
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