¡Qué ‘vaina’! La ley que por casi un siglo sacó a las mujeres de la mina

¡Pero qué ‘vaina’ ha sido la historia del trabajo en las minas, mi gente! Imagínese usted a una ‘tiguerona’ con su certificación, su manejo de maquinaria pesada al dedillo y su chequeo médico impecable, lista para darle a la pala y al pico. Pero nada, ‘klk’, que no puede bajar a la mina. ¿Por qué? Pues porque una ley, con olor a naftalina, la declaró ‘no apta’ simplemente por ser mujer. Esta prohibición de la mina es un tema que, de acuerdo a la noticia, la arqueología, el derecho laboral y la salud ocupacional han puesto sobre la mesa para darnos un chancletazo de realidad.

La exclusión de las mujeres del trabajo subterráneo no es un invento de ayer. Entre los siglos XIX y XX, un sinnúmero de países se tiraron de una vez a aprobar normas que les negaban o limitaban su acceso a las profundidades de la tierra. A simple vista, estas leyes, como la británica de 1842 o las de 17 estados en Estados Unidos en 1932 (según el NIOSH), se vendían como un ‘escudo protector’ contra las duras condiciones del siglo XIX. La verdad es que, al mismo tiempo que las ‘protegían’, también les cerraban la puerta a salarios más ‘bacanos’, a la formación técnica, a la afiliación sindical y a la posibilidad de crecer profesionalmente. ¡Tremenda jugada!

El Convenio núm. 45 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), aprobado en 1935, fue el ‘papá’ de todas estas prohibiciones a nivel internacional, estableciendo una veda general para el trabajo subterráneo femenino. Sin embargo, el tiempo pasa y las cosas cambian. La propia OIT, con el paso de los años, reconoció que esa vaina estaba más desactualizada que un ‘playlist’ de merengues viejos, chocando de frente con la idea de igualdad que tenemos hoy en día.

Pero la luz llegó, aunque despacito. Según el reporte, el 6 de junio de 2024, en su 112.ª Conferencia Internacional del Trabajo, la OIT, por fin, derogó el Convenio núm. 45. ¡Eso sí fue un avance jevi! Aunque esta decisión no borra de una vez por todas las barreras, al menos marca un cambio de ‘chip’, pasando de la exclusión por ser mujer a un enfoque de prevención de riesgos para todas las personas. Un paso chulo, pero todavía queda un viaje de camino por recorrer.

La noticia, basándose en el informe ‘Women, Business and the Law 2024’ del Banco Mundial, nos dice que una cuarta parte de las 190 economías analizadas ¡aún mantienen alguna restricción legal! Y cuando la ley ya no es un problema, la práctica se encarga de serlo. En Estados Unidos, en 2021, las mujeres solo representaban entre el 10 % y el 17 % de la fuerza laboral minera, según cifras del NIOSH. Esto deja claro que el ‘tigueraje’ cultural y material sigue haciendo de las suyas, más allá de lo que digan los papeles.

Y para rematar, la arqueología viene a desmentir la creencia de que la minería siempre fue cosa de hombres. Un estudio del 2025, en ‘Archaeological and Anthropological Sciences’, analizó restos de dos mujeres adultas y un recién nacido en un pozo minero neolítico en Chequia. Las pobres ‘hembras’ mostraban signos de actividad física intensa y prolongada, con huesos bien deteriorados, lo que sugiere que no era un trabajo ‘chulo’, sino más bien una explotación o coacción. ¡Así que la vaina viene de lejos!

La exclusión no se queda solo en la ley o en la historia, se mete hasta en el equipo. Imagínese un casco que no le ajusta, un arnés que no le queda bien al cuerpo, o unos guantes demasiado grandes. Según la noticia, buena parte de la maquinaria, los uniformes y hasta los protocolos de emergencia se diseñaron pensando en el ‘tígere’ de la mina. Un equipo inadecuado puede ser tan dañino como una ley discriminatoria, aumentando los riesgos y dificultando el trabajo, aunque la empleada tenga la misma formación que sus compañeros. Es una barrera silenciosa pero efectiva, ¿me entiendes?

Para modernizar este ‘subsuelo’ y pasar de la etiqueta al riesgo medible, la solución es clara: hay que evaluar a cada persona por sus habilidades y asegurar controles universales de riesgo. La vaina es medir el polvo en el aire, garantizar buena ventilación, proteger contra el ruido y mantener la maquinaria a punto, sin hacer ‘distinciones’ por sexo. Y claro, diseñar equipos de protección que se ajusten a todas las anatomías, con vestuarios apropiados y formación contra el acoso. Así es que se construye un ambiente de trabajo seguro de verdad, para todo el mundo. ¡Ya lo saben, klk!

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