El economista Haivanjoe Ng Cortiñas nos ha puesto a pensar con su más reciente obra, ‘El latido de la deuda pública: ¿Por qué el flujo importa más que el saldo?’. Este libro es un cañón, de verdad, porque nos reta a ver la deuda pública dominicana con otros ojos, dejando a un lado la vaina del monto total para enfocarnos en la presión que el pago anual ejerce sobre el presupuesto nacional. Asegún Ng Cortiñas, la clave no es cuánto debemos, sino cuánto nos come el servicio de la deuda cada año, una realidad que está más que clara y nos afecta a todos.
La propuesta de Ng Cortiñas es bacana porque introduce dos herramientas chulas: el Indicador de Presión del Flujo de la Deuda (IPFD) y la Brecha de Estrangulamiento Fiscal. Estos instrumentos no son solo números, mi gente; son la forma de medir qué tanto nos aprieta el zapato el pago de la deuda, limitando la capacidad del Estado para actuar. Es como si el tigueraje del presupuesto se viera amarrado por los compromisos pasados, impidiendo que los que nos gobiernan tengan libertad para invertir en lo que de verdad necesitamos.
La advertencia del economista es contundente: la deuda no se vuelve peligrosa por su tamaño, sino cuando el servicio de la misma empieza a gobernar a quienes están sentados en el Palacio. Esto significa que si cada vez más ingresos se van en pagar intereses y capital, menos quedará para infraestructura, educación, salud o esos programas sociales que tanto necesita la gente de a pie. Es una vaina que nos quita autonomía y nos hace más vulnerables a las decisiones de fuera o a la subida de las tasas de interés globales.
Imaginemos que el presupuesto de una casa, en vez de ir para la comida y la educación de los muchachos, se va completico en pagar la hipoteca vieja. Pues eso mismo pasa a nivel país. Cuando el servicio de la deuda crece más rápido que los ingresos fiscales, la sostenibilidad deja de ser un problema financiero para convertirse en un desafío de gobernabilidad económica. El Estado pierde flexibilidad para responder a nuevas demandas y para fortalecer el capital humano, una situación que, según las proyecciones, será bien dura entre 2026 y 2028.
En ese período, se estima que el servicio anual de la deuda podría rondar entre 8,000 y 9,000 millones de dólares. ¡Un viaje de cuarto! Este monto absorbería una parte creciente de los recursos públicos, lo que nos deja pensando qué pasará con los fondos para el desarrollo de infraestructuras vitales, como carreteras, hospitales o escuelas, y cómo esto impactará la creación de empleos dignos. La capacidad de nuestro Banco Central y de las políticas fiscales para maniobrar ante shocks externos o fluctuaciones del dólar se vería seriamente comprometida, afectando directamente la estabilidad económica.
Es hora de que, como país, nos sentemos a analizar esta vaina en serio. No se trata solo de números, sino del futuro de nuestra soberanía fiscal y de la capacidad de los gobiernos para tomar decisiones en beneficio de la nación, sin que los compromisos de deuda sean la camisa de fuerza que impida el progreso. La propuesta de Ng Cortiñas es un llamado a la acción para entender mejor el latido de nuestra deuda y asegurar que tengamos los cuartos para gobernar con autonomía.
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