¿Te imaginas que una vaina tan sencilla como un ‘tornillo’ fuera la clave para que Estados Unidos se montara en el palo a nivel mundial? Pues, aunque parezca mentira, según la noticia, un `tornillo` de 60 grados fue un ‘elemento chiquito’ pero poderoso. A principios de los años 20, el mundo era un `enredo` de estándares, donde cada país, e incluso cada estado dentro de EE.UU., tenía su propio ‘klk’ para cosas tan básicas como un semáforo.
En medio de ese desorden, apareció Herbert Hoover, quien, antes de ser el presidente que la pasó ‘de lo más bien’ durante la Gran Depresión, fungía como secretario de Comercio. Este `tiguerazo` creía firmemente en los sistemas y la organización, convencido de que estandarizar todo, desde adoquines hasta vasos, era esencial para la prosperidad y eficiencia de la economía. Su visión era clara: si reducías la cantidad de tipos de adoquines, por ejemplo, los repuestos eran ‘de una vez’ más accesibles y la reparación, ‘jevi’ de fácil.
Hoover se dedicó a ponerle orden a ‘un viaje de’ objetos: sábanas de hospital, neumáticos, copas. Pero, como bien apunta la noticia, ninguna ‘chercha’ fue tan complicada ni trascendental como la del `tornillo`. La rosca, ese filo en espiral que parece tan simple, era el centro del `relajo`. Un tornillo de 55 grados versus uno de 60 grados: a simple vista, ‘no se ve la diferencia’, pero en la práctica, ‘lo es todo’. Llegar a un consenso sobre algo tan fundamental para la industria era ‘otro cantar’, porque nadie quería ceder su propio estándar. Aun así, en 1924, EE.UU. logró establecer su estándar nacional de tornillo de 60 grados.
El problema era que, aunque Estados Unidos había domado su `enredo` interno, el resto del planeta seguía ‘hablando otro idioma’ en cuanto a tornillos se refería. El historiador Daniel Immerwahr explica que, a principios del siglo XX, la tecnología avanzaba a pasos agigantados y la compatibilidad entre objetos se volvía crucial. Imagina que un producto fabricado en EE.UU. con tornillos de 60 grados llegaba a otro país donde solo había repuestos de 55 grados; era como si los objetos estuvieran ‘hablando idiomas mutuamente ininteligibles’, imposibilitando cualquier colaboración o reparación.
Esta `situación` se puso ‘bacana’ de grave con la Segunda Guerra Mundial. El presidente Franklin D. Roosevelt, para convencer a los estadounidenses de ayudar a los aliados, usó la metáfora de la manguera y el hidrante del vecino incendiado. Pero, ¿qué pasa si la manguera no encaja? Ese pequeño detalle, multiplicado por millones de piezas bélicas, casi paraliza el esfuerzo aliado. La noticia resalta que no había ‘ni un solo fusil ni una sola bala’ que pudiera compartirse al inicio. EE.UU. se convirtió en el principal proveedor, pero el mantenimiento y reparación de tanques, aviones y armas a miles de kilómetros de distancia era una ‘tortura’ porque los tornillos simplemente ‘no encajaban’.
El costo de esa incompatibilidad fue astronómico: la noticia reporta que Estados Unidos gastó US$600 millones en tornillos, tuercas y pernos extra, ‘una vaina de dinero’ con la que se pudieron haber construido ‘alrededor de mil bombarderos B-29’. Fue entonces cuando Reino Unido, que históricamente usaba un ángulo de rosca de 55 grados, se vio forzado a sentarse a negociar con Washington. Las actas de esas reuniones, según Daniel Immerwahr, muestran una negociación que simbolizó el ‘ocaso’ de un imperio y el ‘amanecer’ de otro. Los británicos, ‘obligados por la necesidad’, terminaron aceptando el estándar estadounidense, un gesto que, ‘asegún’ la noticia, representó una declaración de dependencia de Washington en el ámbito industrial.
Una vez que Estados Unidos y el Imperio británico se pusieron de acuerdo en el ángulo de la rosca, el resto del mundo, ‘sin más ni más’, se sumó a la `vaina`. Los estándares, dice Immerwahr, funcionan como una bola de nieve: si la mayoría los adopta, lo inteligente es unirse. En 1947, se fundó la Organización Internacional de Normalización (ISO), ‘una suerte de Naciones Unidas de los objetos’, y el planeta empezó a ‘afinarse’ al ritmo de Washington. El ejemplo de la señal de ‘PARE’ es ‘chulo’: de un octágono amarillo global, se pasó a uno rojo porque EE.UU. lo cambió, y el resto del mundo ‘tuvo que cuadrarse’.
La ‘estrategia bacana’ de EE.UU. post-guerra no fue la de un imperio viejo con colonias. ‘Asegún’ la noticia, el nuevo poder gringo funcionaría diferente: una red de manufactura, estándares técnicos y cadenas de suministro. El `tigueraje` consistió en hacer que buena parte del mundo dependiera de sus tecnologías y normas. Como dice la noticia, ‘a veces no hace falta plantar una bandera cuando ya se han apretado los tornillos’. Una forma más ‘invisible’ pero sumamente efectiva de ejercer influencia global.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




