¡Ay, Dios mío! Aquí en nuestro patio, la discusión está ‘prendía’ con la reciente escogencia de Alex Rodríguez para el Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano. Nadie, absolutamente nadie, puede negar la trayectoria ‘bacana’ que tuvo A-Rod en las Grandes Ligas; sus números son una ‘vaina’ de locos. Pero, ¿es esta la decisión más justa en este momento? Muchos nos preguntamos si la ‘Inmortalidad Deportiva’ no debería también servir para darle una manito a aquellos héroes que, además de los méritos, necesitan un empujón en vida. ¿Un reconocimiento que cambie de verdad el día a día?
Es un hecho que Alex Rodríguez es un ícono, un verdadero ‘tigere’ del bateo que marcó una época en la MLB. Su legado deportivo está más que cimentado, y su lugar en cualquier Salón de la Fama a nivel mundial es indiscutible. Sin embargo, la perspectiva que muchos dominicanos tienen es que mientras una figura con una estabilidad económica ya establecida recibe este honor, hay un ‘viaje de’ ex peloteros que brillaron tanto en las Grandes Ligas como en nuestra LIDOM, y que hoy en día, lamentablemente, la están pasando ‘durísimo’.
Pensemos en esos ‘tígueres’ que nos hacían vibrar en cada partido de pelota, esos que llenaban los estadios y se fajan por la bandera dominicana. Muchos de ellos no lograron acumular las fortunas de un A-Rod, pero su corazón y talento quedaron en el terreno. Jugaron con pasión, dejaron el alma en cada lanzamiento y cada batazo, y quizás su carrera no fue tan mediática o lucrativa, pero su impacto en la afición y en el desarrollo del béisbol local es invaluable. Esos son los que, quizás, la nación debería estar exaltando con un sentido de urgencia más allá del mero palmarés.
La exaltación al Pabellón de la Fama va más allá del simbolismo. No es solo colgar una placa y una foto; viene con ciertos beneficios, aunque modestos, que para muchos de nuestros ‘viejos’ atletas podrían significar un antes y un después. Una pensión, acceso a seguros médicos o simplemente el reconocimiento público que abre puertas para charlas o eventos, puede ser un ‘alivio’ importante para quienes se encuentran en el olvido, lidiando con problemas de salud o económicos después de haberlo dado todo por el deporte.
Por eso, la llamada es para que el comité de escogencia ponga el corazón y la razón en la balanza. Que la mirada no se quede solo en los números fríos y las estadísticas, sino que también considere el aspecto humano y social. Que valoren la historia de vida, la necesidad, el impacto real que esta distinción puede tener en la vida de un ‘héroe’ del deporte. No se trata de quitarle mérito a nadie, sino de reenfocar el propósito de la inmortalidad deportiva para que sea un verdadero acto de justicia social para nuestra gente.
Al final del día, la inmortalidad debe ser un faro de esperanza y gratitud. Un reconocimiento que no solo premie la excelencia, sino que también alivie las cargas de aquellos que nos dieron tantas glorias y hoy necesitan de nosotros. Es hora de que el Pabellón de la Fama sea un reflejo más puro de nuestra sociedad, donde el ‘tigueraje’ se vea reflejado no solo en el éxito, sino también en la solidaridad. ¡Así es que se hace justicia en el patio!
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