La reciente tragedia de Esmeralda Moronta, ultimada por su expareja en Alma Rosa I, nos vuelve a poner de frente con una cruda realidad que choca a la gente del patio: muchos feminicidas ‘no parecen violentos’ ante la sociedad, dejando a familiares y conocidos en shock, como si la ‘vaina’ hubiera salido de la nada. Los deudos, al igual que los que conocían al agresor, se quedan pasmados, afirmando que nunca vieron una actitud agresiva por parte del hombre. Esto es un patrón que, lamentablemente, se repite un viaje de veces y nos obliga a mirar más allá de lo evidente.
La psicóloga clínica Angelina Sosa, una voz con conocimiento de causa, explica que en muchos casos, estos agresores son unos verdaderos ‘tigueres’ de la manipulación, proyectando una imagen tranquila y hasta ‘bacana’ frente a los demás, mientras que en la intimidad del hogar son unos verdaderos demonios. Sosa enfatiza que nuestra cultura, de por sí violenta, muchas veces solo identifica los golpes, dejando de lado la violencia psicológica y emocional, que es un veneno lento, pero igual de mortal. No es solo el puño que cuenta; la humillación, el control excesivo y el desprecio también son violencia, aunque no dejen morados.
Este comportamiento de doble cara no es una casualidad, mi gente. Los agresores son conscientes de que la violencia física es condenada socialmente y, por eso, hacen un coro para no mostrar esa conducta en público. Se saben la película y no quieren que el ‘tigueraje’ les caiga encima. Es un juego de apariencias donde el abusador se disfraza de ‘chulo’ o buen tipo para mantener la fachada y el control, mientras la víctima sufre en silencio, muchas veces sin entender por qué la gente no ve lo que ella sí vive a puertas cerradas.
Además, el afecto juega una ‘vaina’ fundamental en la dificultad para detectar las señales de peligro. Cuando una está ‘enamorá’ o tiene un cariño profundo por el otro, la percepción de amenaza se distorsiona. La psicóloga Sosa lo deja claro: si hay un afecto positivo, uno no percibe a la persona como amenazante ni cree que algo malo va a pasar. Es como si el amor nos pusiera una venda en los ojos, impidiéndonos ver las banderas rojas que, de lo contrario, saltarían a la vista.
La verdad es que muchos de estos agresores presentan rasgos de personalidad antisocial y una capacidad mínima para manejar los conflictos de forma civilizada, recurriendo a la violencia de una vez para resolver los problemas. Y ojo, que la especialista aclara que ni los trastornos mentales, la depresión ni el consumo de alcohol son justificación para estos actos. Cuando el agresor se suicida después del hecho, no es por arrepentimiento genuino; es porque saben la ‘vaina’ que hicieron y son conscientes del castigo social y legal que les espera. Prefieren escapar a enfrentar las consecuencias de su barbarie.
Ante este panorama tan crudo, la psicóloga hace un llamado contundente a las mujeres: ¡No se queden calladas, ni por ‘chercha’! Si se sienten amenazadas, busquen apoyo en familiares, amigos de confianza y, sobre todo, en las autoridades. La vergüenza y el dolor a menudo hacen que las víctimas se aíslen, enfrentando el proceso solas, pero es crucial entender que no hay que pasar por esto sin ayuda. Hay que buscar esa red de apoyo, denunciar y salir de esa ‘vaina’ a tiempo. Su vida vale más que cualquier ‘jevi’ apariencia o la opinión de terceros. ¡Pila de mujeres están pa’ ayudarte!
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




