¡Pero mira qué vainaaaa! Un tiguerazo boliviano, de nombre Pablo Quiroz, se ha metido en el alma de Uruguay en solo 100 días, y nos ha puesto al día con su experiencia. Según nos cuenta la noticia, llegó en abril con “una maleta, una mochila, muchas preguntas y demasiadas dudas”, un sentimiento súper entendible cuando uno se tira la aventura de dejar su tierra. Él ha estado compartiendo su travesía a través de sus redes, documentando desde el clima gris hasta el transporte público, y eso es una vaina que a muchos les resonará.
El pana celebró sus primeros 100 días por allá compartiendo un video bien chévere, donde repasó esa movida de dejar Bolivia y empezar de cero en el país charrúa. Emigrar, como él explica, fue soltar la comodidad de lo conocido, un riesgo que muchos dominicanos también tomamos. Es un desafío grande, dejar atrás la seguridad familiar para apostar por algo nuevo. La experiencia de Pablo en Uruguay nos enseña mucho sobre la capacidad de adaptación humana.
Una de las primeras cosas que le sorprendió, y que a cualquiera le daría con qué pensar, fue el transporte público. Aseguró que montarse en una de esas guaguas fue como subirse a “uno de los transportes más ordenados, limpios y caros de Sudamérica”. ¡Qué jevi eso, verdad! Aquí en la capital, uno a veces brega un coro con el transporte, pero él encontró algo diferente, aunque el precio le diera un susto, de seguro.
Durante estos 100 días, el creador de contenido no se quedó tranquilo. Se dio un viaje por los sitios más emblemáticos. Recorrió la rambla montevideana, se deleitó con un atardecer que parecía de postal mientras se comía un alfajor, y hasta se fue de excursión a la Ciudad Vieja. Esa parte, con su patrimonio histórico y colonial, lo transportó en el tiempo. Imagínate tú, atravesar la Puerta de la Ciudadela y ver el imponente monumento del general Artigas en la plaza Independencia; eso es un viaje cultural de una vez. La historia de la Banda Oriental y figuras como Artigas son pilares fundamentales en la identidad uruguaya, y es bacano que él se haya empapado de eso.
Pero la cosa no paró ahí. También se dio una vuelta por el Prado en otoño, y hasta se escapó para Piriápolis, una ciudad balnearia que describió como un gran atractivo turístico con playa, miradores y castillos. Esos rincones de Uruguay son una delicia. El buen Pablo se empapó no solo de paisajes, sino también de la rica historia uruguaya, aprendiendo de los Charrúas, los 33 Orientales y todo ese coro que conforma la identidad de esa nación, visitando el Museo Histórico Nacional, una vaina que enriquece mucho el alma.
Sin embargo, no todo fue sol y playa. El invierno uruguayo le dio su bienvenida con un clima intenso, neblina densa y vientos que, según los locales, “la humedad es lo que mata”. ¡Ay, mi madre! Esos fríos húmedos son una vaina que te calan los huesos. Pero nuestro pana, con todo y eso, le ha estado echando ganas y sigue pa’lante. Después de esta primera etapa, él asegura que esto es solo el comienzo, que aún le queda mucho por conocer y disfrutar. Con esa actitud de “bien de bien” y “vamo’ arriba” que menciona, está claro que Pablo está dándole pa’lante, y ese es el tigueraje que uno espera de alguien que le está metiendo tanto empeño.
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