¡Ay, Dios mío, la vaina está fea! Un grupo de valientes miembros de una institución militar ha alzado su voz, aunque de manera anónima, para denunciar un verdadero relajo con el pago de incentivos que les fue prometido. Asegún el reporte, estos soldados cumplieron un servicio crucial en la seguridad de instalaciones ligadas a los juegos Centroamericanos y del Caribe, desde enero. Hasta la fecha, el cobre no aparece por ningún lado. Es una situación que no solo genera malestar, sino que también pone en entredicho la confianza en las promesas hechas a quienes arriesgan el pellejo por la patria.
El meollo del asunto es que, previo a que estos muchachos se fajaran en sus labores, se hizo un levantamiento de datos con la promesa de una compensación económica adicional por el esfuerzo extra. Pero, ¡qué va! Ya van varios meses y el dinero, ¿dónde está? Los denunciantes aseguran no haber recibido explicación oficial ni fecha concreta para ver su merecido. Esto no es solo un atraso; para muchos, es un golpe bajo que afecta directamente el bolsillo y el ánimo.
Imagínense el escenario: jornadas agotadoras, en condiciones que los mismos militares describen como difíciles, y para colmo, algunos hasta habrían enfrentado situaciones de maltrato físico y verbal. Eso es un abuso que no tiene nombre, un tigueraje que no podemos permitir. El compromiso de estos hombres y mujeres es inquebrantable, pero también tienen derecho a ser tratados con dignidad y a recibir lo que les corresponde por su sudor y sacrificio. Esta situación genera un profundo malestar entre los que estuvieron en el dispositivo de seguridad, quienes sienten que han cumplido su parte del trato, pero la otra parte está en el aire.
Históricamente, los militares en nuestro país han sido pilares fundamentales en la protección y estabilidad, desde desastres naturales hasta la vigilancia en eventos de gran magnitud. Sin embargo, a menudo se encuentran en situaciones donde sus derechos y compensaciones no son prioritarios. Este tipo de denuncias reflejan una problemática recurrente en diversas instituciones, donde la falta de transparencia y la burocracia se convierten en obstáculos para el bienestar de los servidores públicos.
Los militares, por obvias razones de seguridad y por su condición de activos, han preferido mantener sus identidades en reserva. No es que no quieran la luz, es que tienen un código y no quieren que les caiga una vaina por hablar. Pero la gravedad de la situación los ha llevado a hacer pública su queja con la esperanza de que llegue a los oídos de los altos mandos. Es un grito de auxilio que no puede ser ignorado. Es la esperanza de que, de una vez por todas, se investigue a fondo este ‘relajo’ y se aclare qué pasó con ese pago de incentivos.
El llamado es claro y conciso: ‘Queremos una respuesta clara sobre nuestro pago’, expresaron. Es un clamor por justicia y reconocimiento del esfuerzo brutal que realizaron. Las autoridades superiores tienen la obligación moral y legal de actuar de forma contundente. No se puede jugar con la moral de quienes están dispuestos a darlo todo por la seguridad de la nación. Es tiempo de que se les dé una fecha concreta y se cumpla con lo prometido, porque la confianza es una vía de doble sentido, y si se rompe, el golpe es más duro de lo que parece.
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Ingeniero de Sistemas especializado en Inteligencia Artificial y Automatización de Procesos. Con una trayectoria enfocada en la convergencia entre tecnología de vanguardia y comunicación digital, Ramón lidera la implementación de modelos generativos aplicados al periodismo dominicano. Su trabajo garantiza que la información que llega a la diáspora no solo mantenga nuestra identidad “del patio”, sino que cumpla con los más altos estándares de veracidad y optimización técnica de la web moderna (2026).




