¡Qué ‘Rebú’! La Pintura Dominicana de Kehinde Wiley Enciende la ‘Guerra Cultural’ de Trump

Mire usted qué ‘vaina’: una pintura que se suponía iba a adornar la Embajada de Estados Unidos en Santo Domingo ha causado un ‘rebú’ internacional de proporciones, convirtiéndose en el más reciente capítulo de la llamada guerra cultural estadounidense. Lo que inició como una decisión administrativa de retirar una obra de arte, ha escalado hasta ser tema de debate en los medios de comunicación no solo de nuestra República Dominicana, sino también de Estados Unidos, Reino Unido y España, especialmente en el círculo cultural y artístico. Esta situación demuestra cómo, en un ‘plis-plas’, el arte puede pasar de ser un objeto estético a un campo de batalla ideológico, con todo el mundo opinando y armando su ‘coro’.

La obra en cuestión, titulada ‘Young Artists After Siamesas 1960’, es una pieza monumental del reconocido artista Kehinde Wiley. Según la noticia, fue un encargo directo del Departamento de Estado en 2013, formando parte de su programa ‘Art in Embassies’, con la intención de fomentar el intercambio cultural. El cuadro, que presenta a cuatro jóvenes artistas dominicanos sobre un vibrante fondo floral de girasoles, peonías y tulipanes, fue concebido por Wiley después de estudiar la rica obra de figuras dominicanas como Celeste Woss y Gil y Gilberto Hernández Ortega, buscando plasmar una visión particular de nuestra identidad.

El punto de inflexión llegó el pasado 11 de agosto, cuando la embajadora Leah Campos publicó un video del desmontaje de la pintura. En una escena que muchos calificaron de ‘show’, el cuadro fue bajado con una plataforma elevadora, cubierto con una lona de la bandera estadounidense y al ritmo de ‘We’re Not Gonna Take It’ de Twisted Sister. La embajadora proclamó que la sede diplomática abandonaba ideologías ‘globalistas y woke’ para abrazar un ‘patriotismo estadounidense’, una declaración que, de una vez, encendió la mecha. Erin Scavino, directora de ‘Art in Embassies’, reforzó la crítica, tildando la obra de ‘muy woke’ y ‘estéticamente aterradora’, y ahora el Departamento de Estado está viendo si la puede vender, lo que es otra ‘vaina’ más en este lío.

Sin embargo, el prestigioso ‘The New York Times’, en un artículo del 27 de agosto, presentó una visión bastante diferente y crítica de toda esta situación. Según el análisis, no hay nada ‘especialmente subversivo’ en la superficie del cuadro; simplemente son cuatro personas ‘completamente vestidas’, mayormente inexpresivas, sobre un fondo floral. El articulista se cuestiona la vehemencia de las críticas, sugiriendo que las ‘palabras fuertes’ para describir un retrato de grupo son desproporcionadas. Su tesis central es que el verdadero significado de esta retirada no reside en la pintura en sí, sino más bien en la ‘psicología’ detrás de la decisión y el ambiente político que la rodea.

El artículo del ‘Times’ no se limitó a defender la obra, sino que también ofreció una crítica al propio Wiley. Recogió que su ‘fórmula repetida’ durante 25 años —jóvenes, principalmente negros, en poses de la pintura histórica europea, sobre fondos ornamentales y con parte de la producción ejecutada por asistentes— ha sido vista como un ‘estilo cortesano’ de la era Obama, según la crítica Rachel Hunter Himes. Esta perspectiva añade otra capa de complejidad, sugiriendo que la popularidad del artista y su conexión con el ‘establishment’ podrían ser parte del ‘gancho’ para este ‘rebú’ cultural.

El ascenso de Wiley, desde el ambiente ‘queer’ del centro de Nueva York hasta el Departamento de Estado, ‘coincidió con la aparición de una cultura política que veía la presencia de rostros negros en los pasillos del poder como inherentemente progresista, y el avance económico negro dentro del capitalismo como antirracista’, según el ‘Times’. Sus retratos, con sujetos negros insertados individualmente en marcos reales e imperiales, habrían encarnado una época que identificó la ‘representación simbólica con la transformación colectiva’, una vaina que ahora se usa para señalarlo. Para el articulista, las ‘glorificaciones formularias’ de Wiley fueron emblemáticas de la etapa que denomina ‘Woke 1’, y la ironía es que, según Jasón Farago, la administración parece rechazar la obra sin comprender que esta misma podría servir como documento, e incluso como crítica involuntaria, de aquella cultura. O sea, el ‘tigueraje’ de la política le está dando un uso que no era el original.

La situación del artista se complica aún más por su contexto personal. En 2024, el Minneapolis Institute of Art canceló una presentación de ‘An Archaeology of Silence’, y el Pérez Art Museum Miami suspendió, y luego canceló, sus planes de exhibición, mientras que el Joslyn Art Museum de Omaha aplazó otra exposición. Estas decisiones siguieron a acusaciones de agresión sexual formuladas contra Wiley, las cuales él ha negado categóricamente, calificándolas de falsas y difamatorias. Aunque estas acusaciones son un asunto legítimo y muy delicado que añade otra capa de ‘chismecito’ a su imagen, no explican la justificación oficial de que este retrato específico de cuatro dominicanos sea ‘aterrador’, especialmente cuando el Estado le concedió la Medalla de las Artes en 2015 por sus aportes a la diplomacia cultural.

Al final, este escándalo no es una confrontación entre una obra de arte ‘indiscutible’ y unos ‘censores’ incapaces de entenderla. Más bien, es un choque entre dos formas diferentes de convertir el arte en un ’emblema político’. Al ‘teatralizar’ la eliminación de la pintura, la Embajada le dio a una obra relativamente serena una carga ideológica mucho mayor de la que jamás tuvo colgada en la pared. Y así, de la noche a la mañana, un cuadro que ‘estaba de lo más bien’ en su sitio se convirtió en el centro de un ‘bacano’ debate sobre la cultura, la política y la forma en que se perciben las cosas, un verdadero ‘klk’ diplomático que nos tiene a todos hablando.

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