¡Klk, gente! Por aquí andamos analizando la última propuesta que nos trae el cine, esa que ha estado dando de qué hablar: Project Hail Mary. La película, basada en la novela de Andy Weir, prometía un viaje espacial de esos que te ponen a pensar, con un Ryan Gosling despierto en medio de la nada, sin memoria y con la misión de salvar a la humanidad. Una vaina con potencial, pero que, asegún los que ya la han visto, a veces se pasa de la raya queriendo explicarlo todo, como si uno necesitara un guía para sentir cada emoción.
La novela original de Andy Weir es un tremendo palo, un viaje jevi de ciencia y humor que te atrapa de una vez, similar al éxito que tuvo con “The Martian”. Lo chulo de Weir es su capacidad para mezclar la rigurosidad científica con un protagonista ingenioso y lleno de ocurrencias. El reto para Phil Lord y Christopher Miller, los directores, era traducir esa voz interna tan particular del libro a la pantalla grande sin perder su esencia. Y es que el cine no es solo un buen gancho o una premisa bacana; es cómo se desarrolla, cómo te atrapa sin tener que soltarte el dato cada cinco segundos.
La dirección de Lord y Miller, conocidos por su estilo dinámico y a veces frenético en películas como “The Lego Movie” o “21 Jump Street”, parece que chocó un poco con la naturaleza más introspectiva de esta historia. Es como si no confiaran en que el espectador pudiera conectar con el misterio y el aislamiento por sí solo. Esa necesidad constante de subrayar las emociones y de llenar cada silencio puede restarle espacio a la imaginación, a la pausa necesaria para que uno digiera lo que está viendo y sintiendo. A veces, menos es más, ¿tú sabes?
Ryan Gosling, interpretando a Ryland Grace, hace un trabajo de lo más bien, aportando una ligereza y curiosidad genuina al personaje. No es el héroe invencible, sino un tipo que va descubriendo la vaina al mismo tiempo que nosotros, lo cual crea una complicidad con el público que se agradece. Es interesante ver a Gosling salirse de sus roles más solemnes para encarnar a alguien tan vulnerable y reactivo. Su actuación brilla en los momentos donde la película le permite ser simplemente humano, tratando de entender la gravedad de la situación.
Pero es en la interacción donde la película encuentra su pulso más fuerte. Los flashbacks a la Tierra no solo contextualizan la misión, sino que introducen el elemento humano que tanto necesita la narrativa. Y, sin hacer spoilers, la aparición de un ser extraterrestre llamado Rocky transforma lo que podría ser un thriller solitario en una historia de amistad improbable. La capacidad de Gosling para construir una relación con un personaje que no tiene expresiones reconocibles es un logro callado de la película, demostrando que la conexión va más allá de lo visual.
Sin embargo, es una lástima que Lord y Miller no terminaran de confiar en el poder del silencio y la sutileza. La banda sonora de Daniel Pemberton, aunque expansiva, a menudo se siente como un narrador constante que no descansa, indicando qué se supone que debes sentir en cada momento. Y es que el cine, como la vida, necesita sus pausas, sus respiraderos. Es en esos espacios donde la magia de la interpretación y la emoción pueden crecer de forma orgánica, sin que te la sirvan en bandeja, ¿me entiendes?
Al final, Project Hail Mary es una película con una idea central poderosa: la curiosidad como forma de empatía, y la increíble capacidad de conexión entre seres en las circunstancias más inverosímiles. Tiene momentos honestos y genuinos, especialmente en esos intentos torpes de comunicación entre especies. Pero, a veces, se esfuerza tanto en que no te pierdas ni un detalle que termina ahogando lo más profundo de su mensaje. Deja una sensación agridulce, como cuando la comida te queda jevi, pero le echaste un viaje de sal.
Aunque no sea la película perfecta, sí nos recuerda algo importante: que en el inmenso vacío del espacio, o de la vida, lo que de verdad vale la pena no es solo sobrevivir, sino encontrar a alguien que responda cuando hablamos. Una chercha de película que, con sus altas y bajas, te hace pensar un poco en la vaina de la existencia. ¡Qué bacano!
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