Imagínese un ‘coro’ en la Europa de hace más de 300 años, con un frasco que contenía orina fosforescente, dejando a todos con la boca abierta. Pues, ‘klk’, esa vaina no era brujería, sino el inicio de algo grande. Un alquimista alemán del siglo XVII, Henning Brand, buscando oro, terminó descubriendo el fósforo a partir de miles de litros de orina. Este hallazgo lo convierte en la primera persona de la que se tiene constancia en descubrir un elemento químico. Según la noticia, el periodista Kit Chapman, en su libro ‘La era de la alquimia’, destaca cómo de ese mosaico de ensayo y error y secretismo, surgió el método que hoy sostiene la química moderna del siglo XXI. La historia de Brand es un ‘bacano’ ejemplo de cómo la perseverancia, incluso en búsquedas erróneas, puede alumbrar grandes descubrimientos.
El ‘tigueraje’ de la alquimia no se trataba solo de búsquedas extravagantes; era un proceso empírico sin un marco teórico claro. Los hallazgos se hacían, pero sus explicaciones tardaban en llegar, o simplemente no existían. Además, el conocimiento era celosamente guardado. El primer tratado alquímico, ‘Physika Kai Mystika’, ya lo decía: ‘Cuestiones naturales y secretas’. Los alquimistas usaban un lenguaje cifrado para proteger sus técnicas, una ‘vaina’ común para asegurar la exclusividad de sus ‘recetas’. Este secretismo extremo, sin embargo, tuvo su ‘precio’. Según la noticia, en el año 300 d.C., el emperador romano Diocleciano ordenó destruir los textos alquímicos de Alejandría, temiendo que la posibilidad de crear oro devaluara la moneda y generara conspiraciones. Una decisión que resultó en una pérdida irreparable de sabiduría.
El ‘cambio de juego’ para la ciencia llegó con la exigencia de pruebas y la experimentación rigurosa. Pensadores como Paracelso (1493-1541), un médico y alquimista suizo ‘con sus cosas’, fue un pionero al insistir en que los pacientes debían ser examinados directamente, no solo diagnosticados a distancia. Esta práctica, según el reporte, sentó las bases de la medicina moderna. Luego, Antoine Lavoisier (1743-1794), el químico francés, vino a poner ‘orden en la casa’. Él formuló la ley de conservación de la materia y elaboró una de las primeras listas sistemáticas de elementos químicos, dejando a un lado la especulación mística. Con Lavoisier, la magia se disipó y la química tal como la conocemos, con su método científico, nació ‘de una vez’.
Pero que nadie piense que la alquimia es una ‘reliquia’ del pasado sin relevancia hoy. Su legado sigue ‘vivo y coleando’ en pleno siglo XXI. Un ejemplo ‘clarito’ es la científica china Tu Youyou, quien recibió el Nobel de Medicina en 2015. ¿Por qué? Porque logró aislar la artemisinina, el compuesto antimalárico más efectivo hasta la fecha, a partir de un manual alquímico de remedios herbales de casi 1.700 años de antigüedad. ¡Esa vaina es ‘jevi’! Esto demuestra que comprender la alquimia nos permite reconocer el terreno fértil, aunque caótico y lleno de ‘tigueraje’, del que surgió el método científico. Detrás de cada avance químico, palpita la misma curiosidad terca que llevó a un hombre a hervir litros y litros de orina en busca de oro, pero que, ‘sin darse cuenta’, encontró la luz.
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