Aquí en nuestra tierra, cuando llega la Navidad o el Año Nuevo, o cualquier fiesta patronal que se respete, ¿qué es lo que más nos gusta ver? ¡Los fuegos artificiales! Esa explosión de colores en el cielo es una vaina que nos encanta, que nos pone el alma contenta y el espíritu de fiesta bien alto. Pero mire, mi gente, que no todo lo que brilla es oro, o mejor dicho, no todo lo que explota se desvanece de una vez. Unos estudios recientes nos están dando un batazo de realidad: la contaminación que dejan estos espectáculos es mucho más compleja y duradera de lo que creíamos. Y no es solo el humito ese que vemos subir al cielo, no.
Imagínese usted, que después de que se acaba el show, y ya la gente se va pa’ su casa o sigue el coro, los residuos de esos cohetes –pedacitos de cartón, pólvora sin quemar, sales metálicas que dan los colores chulos– no se evaporan por arte de magia. Asegún los científicos, una buena parte de esa vaina termina en nuestros ríos, lagos y hasta en las calles. Allí, esos restos empiezan un proceso químico que nadie está viendo, liberando iones como potasio y manganeso, y alterando el equilibrio natural del agua. Dique que esto podría hasta afectar la vida microbiana en el ecosistema, una historia que apenas está comenzando cuando se apagan las luces.
Y ni hablar de la atmósfera, que también coge lo suyo. Antes creíamos que el problema era solo las partículas finas y los metales que salían disparados. Pero ahora, los expertos han descubierto una familia de compuestos nitrogenados, las aminas, que son un protagonista nuevo en este drama. Estas aminas se emiten tanto en forma de gas como pegaditas a partículas diminutas, y lo peor es que son súper reactivas. O sea, que siguen transformándose en la atmósfera y creando más aerosoles, incluso mucho después de que la nube de humo visible ya se haya ido. ¡Tremendo lío!
Es más, en eventos multitudinarios, como los juegos de esos que atraen a un viaje de gente, la cosa se complica aún más. Aparte de los fuegos artificiales, hay un sinnúmero de puestos de comida: hamburguesas, hot dogs, parrillas… ¡un bonche de vainas que se están cocinando! Resulta que la preparación de estos alimentos es una fuente principalísima de partículas finas, muchas veces más que los propios fuegos. Los estudios en los Juegos de la Commonwealth lo dejaron clarito: el 71% de la contaminación por partículas finas no venía de los cohetes, sino de la comida. Es decir, que no podemos echarle la culpa solo a una cosa; es un coro de emisiones que nos respiramos sin darnos cuenta.
Entonces, ¿qué sacamos de todo esto? Que la huella ambiental de los fuegos artificiales es mucho más profunda de lo que pensábamos. No se trata de eliminar la tradición de una vez, porque la pirotecnia es parte de nuestra cultura en los momentos de gozo. La idea es tener la información, saber que hay cosas que pasan a otro nivel –el agua, el aire– y que no son tan evidentes como el ruido o el humo. Con esta base científica, el tigueraje de los investigadores puede buscar materiales menos dañinos o formas de reducir estas emisiones en el futuro. Así, el brillo de nuestros fuegos artificiales podrá seguir siendo una vaina bacana, pero un chin más responsable con nuestro medio ambiente.
La próxima vez que vea ese cielo encendiéndose con mil colores, disfrútelo, claro que sí. Pero sepa que la historia no termina con el último estallido. Para la química del aire y del agua, el espectáculo apenas comienza a desenredarse. ¡Un dato jevi para compartir!
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