¡Atención, mi gente! Aquí en la República, donde el sol es eterno y la playa nos llama con un ‘klk’ constante, ¿alguna vez se han puesto a pensar en las ‘palabras del verano’ que usamos día a día? Esas vainas que tiramos al aire en el malecón o en Boca Chica, como ‘chiringuito’ o ‘guiri’, tienen una historia de lo más interesante, un ‘tigueraje’ oculto que ni nos imaginamos. Un simple ‘refresco’ puede contarnos un cuento de antaño que va desde conflictos dinásticos del siglo XIX hasta los bombazos de la guerra nuclear, ¿tú te imaginas?
Según la noticia, la lingüística social del verano pone la lupa no solo en lo que estas palabras designan hoy, sino también en las relaciones de poder que revelan entre quien habla y lo que se nombra. La Academia Canaria de la Lengua señala que varias de las voces más repetidas en las costas españolas vienen de guerras, travesías coloniales o cruces dialectales que, en su origen, nada tenían que ver con el turismo. Es decir, el significado que le damos a estas ‘palabras del verano’ hoy, está de lo más bien arraigado en un pasado bien diferente.
El caso de la palabra ‘guiri’ es un vacilón de lo más ‘jevi’. Según el reporte, esta voz es un acortamiento de ‘guiristino’, que a su vez viene de ‘cristino’, un término que se usaba en el siglo XIX para designar a los que apoyaban a la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Esto ocurrió durante la Primera Guerra Carlista, un conflicto dinástico que partió a España por un buen tiempo. La etiqueta de ‘guiri’, entonces, ha hecho un viaje de un siglo y pico desde un bando político hasta nombrar a cualquier turista extranjero.
Y si ‘guiri’ ha viajado desde el País Vasco hasta la playa, el término ‘chiringuito’ ha hecho un trayecto aún más largo, cruzando el Atlántico. En Cuba, ‘chiringuito’ se registraba con el sentido de ‘trago de una bebida alcohólica’. Luego, por allá en Canarias, la palabra se puso ‘chula’ y adquirió el significado de ‘chorrito menudo’, quizás por su conexión con ‘chinguito’, que alude a un chorro fino. De esos usos insulares y caribeños es que el término se fijó en el español peninsular como lo conocemos hoy: un quiosco de bebidas al aire libre, pegado a la arena. Aunque, hay que decir que en el periodismo moderno, ‘chiringuito’ ha agarrado otro significado figurado para describir una ‘estructura opaca’, una ‘vaina’ media oscura creada para beneficiar a unos cuantos.
Frente a la carga histórica de ‘guiri’ y ‘chiringuito’, la palabra ‘refresco’ parece más inocente, ¿verdad? El Diccionario del Estudiante de la RAE la define como ‘bebida refrescante, generalmente sin alcohol’. Pero el ‘tigueraje’ está en que también tiene una acepción menos conocida: ‘bebida y comida ligera que se sirven en una reunión’. O sea, el significado, mi gente, depende mucho del ‘coro’ y del contexto social. Esa flexibilidad le da un ‘jevi’ significado según donde se use.
El campo semántico del verano va más allá de ‘guiri’ y ‘chiringuito’. El ‘biquini’, por ejemplo, que la RAE prefiere sobre el anglicismo ‘bikini’, nació en 1946. El diseñador francés Louis Réard le puso ese nombre inspirándose en el atolón de Bikini, donde Estados Unidos había hecho una prueba nuclear explosiva pocos días antes. El hombre quería que su diseño de dos piezas causara el mismo impacto, ¡un viaje de mercadeo brutal!
Por otro lado, el ‘veraneante’ es una palabra con sabor más castizo. Se desprende de ‘veranear’, una costumbre burguesa del siglo XIX donde la gente se mudaba a la costa o a la sierra en los meses calurosos. A diferencia de ‘guiri’, esta palabra nunca se puso fea con un significado peyorativo, quizás porque hablaba de una costumbre propia y no de la gente de fuera. Y ‘sombrilla’, ¡esa sí que es bacana! Es un simple diminutivo de ‘sombra’. Su sencillez etimológica nos recuerda que no todas las palabras del verano arrastran un drama o un conflicto.
Así que, de este recorrido que nos lleva de una guerra carlista a una explosión nuclear en el Pacífico, podemos sacar una conclusión bien clara para cualquier ‘chercha’ sobre turismo: las palabras del verano no son neutrales. Arrastran siglos de historia y, con cada vez que las usamos, estamos decidiendo si describimos o si, de una vez, estamos etiquetando a la gente. ¡Qué ‘vaina’ con el lenguaje, eh!
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