En un país donde el béisbol es la religión nacional y el baloncesto siempre acecha, la historia de Moisés Ortiz es de esas que te dejan con la boca abierta, ¡una verdadera ‘vainita’ fuera de serie! Con sus imponentes siete pies y dos pulgadas, este joven de Peravia –tierra donde nacen peloteros como de una mata– decidió mirar hacia la red en lugar del diamante o el aro. En la República Dominicana, es casi un ‘klk’ automático que si un muchacho tiene ese tamaño, lo primero que se piensa es en un buen pitcher o un canastero de la NBA. Pero Moisés Ortiz, contra todo pronóstico y la presión social, ha dicho ‘presente’ en el volibol, marcando un precedente que podría cambiar el juego.
Su decisión no fue un relajo, sino una movida bien pensada. Apegado a la pasión de su madre, Lourdes Valdez, una destacada volibolista de los 2000, Moisés se negó a seguir el coro del ‘tigueraje’ que lo veía como un seguro bateador o lanzador. ‘Asegún’ él mismo ha dicho, le resultó complicado porque todos esperaban verlo en el ‘play’, pero su corazón estaba en otro lado. Esta lealtad a su verdadera pasión, a pesar de las expectativas, demuestra un carácter firme que no se ve a menudo en jóvenes bajo tanta presión familiar y cultural.
Lo ‘chulo’ de todo es que su primer contacto real con el volibol no fue como el de otros que empiezan desde muchachitos. Fue después de la secundaria, en un momento de ocio, cuando una amiga de su madre lo invitó a ‘volear’. Fue de una vez, como si el balón lo llamara, un flechazo deportivo que lo hizo enamorarse del juego. Imagínate tú, entrar a un pabellón con siete pies de altura y que la gente se quede fría, pero después de su primer saque, supieron que ahí había material del bueno, un ‘bacano’ con potencial para rato.
Gracias a ese talento innato, su estatura y el empuje de la Federación Dominicana de Voleibol junto al programa CRESO, el banilejo logró una beca para seguir su desarrollo deportivo y académico en Estados Unidos, específicamente en la Universidad de Park. Esto no solo es un logro personal para Moisés, sino que abre caminos para otros jóvenes dominicanos que ven en el volibol una opción legítima para el futuro, más allá de los deportes tradicionales. Es un claro ejemplo de cómo la inversión en atletas con talento, independientemente del deporte, puede dar frutos ‘jevi’.
Sin embargo, la vida de gigante no siempre es un camino de rosas, ni aquí ni en ningún lado. Moisés ha contado el ‘viaje de retos’ que enfrenta a diario: desde subirse a una ‘guagua’ o el Metro donde a veces le toca pagar dos asientos para ir cómodo, hasta la dificultad para conseguir ropa o viajar en aviones. La gente no se imagina lo complicado que puede ser un simple traslado para una persona con ese tamaño; es una ‘vaina’ que requiere planificación constante y una paciencia de santo, que ‘está de lo más bien’ que él la tenga.
Ahora, el ojo de la tormenta está puesto en Santo Domingo 2026. Moisés se prepara para, si Dios quiere, debutar con la selección dominicana de mayores en un evento multideportivo. El central está entrenando durísimo, al mismo ritmo que sus compañeros, con esa presión y emoción que solo un debut en casa puede generar. Sabe que hay que fajarse para superar o igualar la plata conquistada en los Centroamericanos y del Caribe de San Salvador 2023, y el país entero, esperando ese ‘coro’ deportivo, tiene la esperanza puesta en él y el equipo.
La presencia de Moisés en la selección masculina no es solo la suma de un jugador alto; es un símbolo. Históricamente, las ‘Reinas del Caribe’ han sido el estandarte del volibol dominicano, inspirando a generaciones. Ahora, con figuras como Moisés, el volibol masculino tiene la oportunidad de subir su perfil y demostrar que el ‘tigueraje’ atlético dominicano no se limita a un solo sexo ni a un solo deporte. Es el momento de fortalecer otras disciplinas y de mostrar que, aunque el béisbol manda, hay otros campeones que también saben ‘dar palos’ en sus respectivas canchas. La diversificación del talento deportivo es una bendición para nuestra nación.
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